VERGÜENZA

¿ Qué pensarían los venezolanos que están pasando las de Caín -sin comida ni medicinas, agotada ya de cansancio hasta la esperanza de librarse del monstruo, de ser otra vez libres- cuando el sábado vieron por televisión cómo ardían los camiones con la ayuda humanitaria que llegaba de fuera?

¿Cabe mayor vileza que la de Maduro? No, cuesta encontrar un ensañamiento mayor que el del régimen chavista contra su pueblo, ese espantoso liarse a tiros en la frontera contra quienes llevaban alimentos a sus hermanos hambrientos, como esos pemones, una etnia que habita en la linde con Brasil, contra los que abrió fuego a discreción la Guardia Nacional Bolivariana.

A pecho descubierto, apenas con unos palos y con el hambre a cuestas, se enfrentaron los valientes pemones contra los fusiles de Vladimir Padrino, ese espadón de Maduro tan lustroso, tan bien comido. No parece que los pemones muertos en la frontera sean unos «peligrosos derechistas», unos «lacayos del imperialismo yanqui» o cualquier otra paparrucha argumental con la que el régimen tilda a todo aquel que desee el regreso de la libertad a Venezuela.

Tras la frustrada entrada de la ayuda humanitaria, el presidente Guaidó estudiaba ayer con sus aliados en Bogotá un plan B para terminar con el okupa Maduro. Pero será difícil que el canalla abandone mientras sobre Venezuela y su calvario se esté imponiendo esa especie de desistimiento en el que han encallado las expectativas que abrió el reconocimiento multinacional a Guaidó.

Se apagó ese impulso vivificante, ese «¡de esta cae el tirano, carajo!». Pues la bestia sigue en Miraflores, echándose bailes con su señora mientras arden los camiones y mueren los pemones. Cómo entender el cobarde olvido al drama de Venezuela en los Oscar. Qué vergonzante ese silencio de Hollywood, siempre tan progre y solidario, durante una gala de audiencia global que bien podía haber echado una mano en la causa de la libertad. Ni palabra. No hubo #meTooVenezuelalibre en los discursos.

Tan solo el músico venezolano Gustavo Dudamel se atrevió a pedir el fin de la dictadura, lo que le costará el puesto en la Orquesta Simón Bolívar si Maduro sigue en el pódium. Se acabaron las medias tintas. «Una tiranía es aquella que se apodera de la voz del pueblo, de la mayoría. La mayoría de mi país reclama un cambio». Fue la única estrella que se atrevió a brillar de verdad en una alfombra que este año se puso más roja, avergonzada quizá de tan doloroso olvido.

Álvaro Martínez ( ABC )