Hoy en día pasar de los 60 años  – no digo ya de los 70 – es un estigma vergonzoso  en casi todos los partidos políticos  que han sustituido la experiencia y a  la memoria por el olvido oportunista y el amateurismo de los iletrados.

Muchos   de los que nos gobiernan,  o aspiran a hacerlo,  no han leído un libro de filosofía en su puñetera vida o como mucho le han echado un vistazo a  un manual de autoayuda  sin obtener ningún provecho, pero se creen en posesión de una verdad indefinida  que les autoriza a repetir errores históricos del pasado como si fuesen ocurrencias de un presente que se les está yendo de las manos.

Una iletrada contemporánea  llamada Adriana Lastra, que exhibe sin pudor su ignorancia esférica  ha dicho, en su condición de portavoz de lo que queda del PSOE  que los viejos socialistas pueden decir lo que les venga en gana pero que los que mandan ahora son ellos, los jóvenes.

Lo que en la Grecia clásica  y en algunas otras culturas más recientes en el continente americano fue un valor,  hoy es un estigma,  y se rechaza  la experiencia de los mayores que se han convertido en unos ciudadanos incómodos para el sistema porque el asalto al poder se ha producido a golpe de brochazo borrando historiales, currículos y compromisos con la historia democrática posterior a la transición.

No se trata de que los mayores sigan liderando formaciones políticas que se han  renovado generacionalmente, aunque la gestión de los asuntos  de gobierno  no es precisamente incompatible con la edad según se ha demostrado en la Europa contemporánea, pero el desprecio y la descalificación pública que se está haciendo de antiguos dirigentes socialistas indica que la decencia de algunos de sus los actuales herederos viaja en vuelo rasante. Por eso intuyo que si la historia se cobra deudas impagadas, los hijos de estos que hoy desprecian a sus mayores les pagarán a sus padres con  la misma moneda.

En estos momentos  tengo puesta parte de mi esperanza, desde un punto de vista intelectual,  en la gente mayor  honrada e inteligente que no pone en almonedad el respeto que siente por sí misma y escribe  alguna página de su pequeña o gran historia en la confianza de que alguien, pasados los años  le dedique un epitafio que suene a  un elogio sincero.

No es mi intención hacer un elogio global a toda esa  generación porque no hay nada  más triste que un viejo estúpido,  con sus obsesiones heredadas, condenado a morirse haciendo el ridículo,  y ése es un error incompatible con la dignidad.

Diego Armario