¿ VIOLENCIA EN ALEMÁN ?

Será alemán, pero ni parece sordo ni parece tonto. Así que si no considera el delito de alta traición no será porque no oiga el clamor popular ni porque la violencia independentista no haya logrado sus objetivos, sino porque ni podía lograrlos ni lo pretendía. Y no hay en esta constatación ningún desprecio a España sino un aprecio muy superior al de muchos de sus ciudadanos, periodistas y dirigentes por la fortaleza del Estado.

Aun siendo alemán, también el juez puede entender que se necesita mucho más que lo habido para romper un país. Que a España no se la derrota tirando de una urna ni destrozando un par de coches de la policía ni subiéndose a ellos (por mucho que insistan ciudadanos y populares catalanes en un repetido ejercicio de banalización, ya no de la violencia, sino del desafío independentista). Que se necesita mucho más que eso para violar la voluntad de cualquier órgano constitucional y que se necesita mucho más que esa presunta Proclamación «simbólica» de Independencia para poner en peligro la integridad de un Estado europeo.

Eso ya lo sabían Puigdemont y el resto de dirigentes independentistas mucho antes de que nos lo recordase el juez alemán. Lo sabían al menos desde que llegó el momento de llamar a la defensa de la República, a la ocupación de puertos y aeropuertos, al corte de carreteras, al cierre de fronteras y a tomar los edificios oficiales de la potencia ocupante… desde que tocaba gritar ¡aux armes citoyens!, gritar ¡a la rebelión!, y el president llamó a… «desescalar». Una triste manera de pedir clemencia y una triste manera de reconocer la preponderancia de un Estado al que sólo se podría vencer con el alzamiento popular que no se quería provocar.

Hasta aquí el pecado de frivolidad independentista, de ese sí pero no que ni los suyos ni los otros tienen ganas de reconocer como prudencia. De ese farol que ya sólo se toman en serio sean sus adversarios. Y de aquí las acusaciones de rebelión y la prisión preventiva, convertidas en la última excusa para no dar explicaciones sobre por qué hasta aquí o por qué no más allá; por qué sólo justo y hasta el peor de los puntos; donde se aseguraban la derrota y el castigo mientras hacían imposible la victoria. Pero las explicaciones son obvias. Porque el farol era evidente a años vista y porque nadie estaba dispuesto a pagar el precio de la rebelión; que era la cárcel porque era la violencia.

Ferran Caballero ( El Mundo )