¡ VIVA CARTAGENA !

Hoy celebramos el Día de la Constitución en un parlamento en el que de los 350 Diputados elegidos 121 declaran no estar de acuerdo con nuestra Carta Magna. Por eso no es de extrañar que los que quieren demoler nuestra ley de leyes, trocear España en pequeñas republicas balcánicas, cambiar nuestra estructura de Estado, abolir la monarquía, sacarnos de Europa, y convertir nuestra nación en un parque temático con más prohibiciones que libertades y menos dignidad de la que hasta ahora gozamos, se froten las manos mientras observan cómo los escaños del parlamento español cada vez están ocupados por políticos cuya única misión es cobrar un buen sueldo por demoler el sistema.

De todas formas yo sigo creyendo en la fortaleza de una nación  que sobrevive a pesar de sus gobiernos provisionales prolongados en el tiempo como fórmula de permanencia en el poder de un político que no consigue formar gobierno a pesar de que vende baratos los sillones del Consejo de ministros.

A los 121 diputados están en grupos desde los que declaran su desafección a nuestra carta Magna, hay que sumar otros que dicen respetarla pero que  si se lo ordena su jefe  cambian de opinión en un plis plás.  Por eso la ceremonia de hace unos días en la que debían jurar  prometer el acatamiento de la Constitución para adquirir la condición de diputados  fue un espectáculo valleinclanesco y no por la imagen del parlamentario de mayor edad que presidió la sesión sino por el esperpento que una vez más se vivió allí.

¡Por España! ¡Por la República! ¡Por los presos! ¡Por la Independencia! Fueron algunas de las fórmulas que se emplearon. Faltó un ¡Viva Cartagena! hasta que le tocó el turno a un triste Gerardo Pisarello  que se había vestido para la ocasión  con traje, camisa y corbata al más puro estilo de los políticos de la antigua República Democrática de Alemania. Sólo le faltaba el abrigo y el sombrero, porque hasta el gesto adusto indicaba que se había tomado en serio el trámite y se sentía observado desde el más allá por Erich Honeker.

Le dedicó su promesa de cumplir la Constitución a las Trece Rosas y, como nadie puede estar en la cabeza de nadie, ignoro si tuvo alguna reserva mental sobre qué artículos de nuestra Gran Ley está dispuesto a conculcar o si volverá a pelear desde algún balcón  por evitar que se exhiba la bandera constitucional española, como ya hizo hace unos años en el Ayuntamiento de Barcelona.

Cuando se abusa  de la verborrea por ver quién devalúa más el nivel de una promesa seria,  cualquier excepción es bienvenida, y yo reconozco que el recuerdo de las Trece Rosas es más digno que el que hacen los independentistas a sus colegas encarcelados por golpistas.

Diego Armario