Ayer por la mañana, viendo la “Redacción abierta” de la Cadena televisiva “El Toro”, tuve la oportunidad de recrearme escuchando la buena oratoria y la gallarda valentía de la Diputada Nacional por VOX, Macarena Olona Choclán, una hermosa dama española a la que, lamentablemente, no tengo el honor de conocer.

Durante su intervención, recordó la insana pretensión de una podemita, con cartera en el gobierno social-comunista que sufrimos -omito su nombre para evitar ensuciar el artículo-, cuya pretensión es que en el Código Penal se tipifique como delito -imagino que leve- el tan castizo y español piropo, así como las miradas de admiración que se puedan dirigir a una dama con la que te cruzas por la calle.

Evidentemente, más allá de otras consideraciones que las hay, se trata, una vez más, de atentar abiertamente contra otra de las instituciones tan vinculadas al ser hispano: el elegante y nunca molesto piropo, siempre vinculado a la admiración que sentimos por nuestras mujeres.

Desde que estos personajes, que prefiero no calificar, se auparon al machito, su única obsesión ha sido cargarse el alma de España y con ella, sus costumbres, sus tradiciones, su personalidad, sus usos y sus formas y así, debidamente controlados y alienados, poder manejarnos a su antojo, convirtiéndonos en una reedición de la “próspera, pujante y democrática” Venezuela bolivariana.

Si nos asomamos al Diccionario de la R.A.E., veremos que, al tan castizo y español piropo, lo define como “palabra o expresión de admiración, halago o elogio que se dirige a una persona”. En consecuencia, ni puede ser ofensivo y mucho menos ir en menoscabo de la dignidad de nadie, antes bien, todo lo contrario.

Hablamos, claro está, del piropo elegante, castizo, educado, ese que se traduce en un signo de admiración cuando, al paso de una hermosa dama, de lo más profundo de nuestra alma brota la expresión ¡guapa!

La zarzuela “María Manuela”, compuesta por el inolvidable maestro Federico Moreno Torroba, con letra de los libretistas Rafael y Guillermo Fernández Shaw, incorpora, en el acto 2º de la obra, un número titulado, precisamente, “el piropo madrileño”. Un auténtico canto a la donosura de este popular requiebro con el que, desde siempre, hemos homenajeado y distinguido a nuestras mujeres.

Si nos molestamos en leer la letra de esta pieza musical, encontraremos el verdadero significado del piropo.

Al referirse a él, dice, entre otras cosas que “es el donaire personal que se convierte en una flor”; “un ramo de violetas que, con salero, va retando a las mocitas” o “un mensajero de la hermosa primavera”. En resumen, nada ofensivo ni molesto.

El piropo, es una mezcla de poesía y de arte, la respuesta a la idílica visión de una hermosa dama que pasea las calles de nuestras ciudades; un cortés signo de admiración que denota elegancia y buen gusto y jamás, nadie, puede considerarlo una ofensa, si realmente se trata de un requiebro galante y castizo, salido del alma, con el único ánimo de ensalzar la belleza y la elegancia femenina.

Nadie tiene la culpa que a la podemita esta, que quiere incluir el elegante piropo en la nómina de conductas a perseguir penalmente, no la hayan piropeado nunca, ella sabrá el motivo. A mí, particularmente, me da igual. En cualquier caso, conozco a cientos de jóvenes y no tan jóvenes que se sienten halagadas cuando alguien, con galantería y educación, les llama ¡guapa!, simplemente porque lo son.

El piropo, no es sinónimo de machismo y mucho menos de esa pretendida supremacía del hombre sobre la mujer. Tal cosa, constituye una afirmación falsaria, que se cae por su peso, enmarcada dentro de ese perverso afán de trastocar y emponzoñar la realidad, objetivo final que pretende esta izquierda perniciosa.

Estoy seguro, pese a que traten de negarlo, que incluso, algunas de estas feminazis obsesionadas con perseguir y poner en el ojo del huracán a todo aquel que ose llamarle a una mujer, ¡guapa!, cuando lo es, en su fuero interno les hubiese encantado que la flor de un piropo se la arrojasen a ellas a su paso, algo que, probablemente, nunca haya sucedido por los motivos que sean y en los que no vamos a entrar.

Sin embargo, analizando un poco más a fondo este asunto, basándome en la observación directa, he llegado a la conclusión de que el quid de esta cuestión, más allá de esa falsa defensa de la dignidad femenina que pretenden vendernos, radica en la pretensión que tiene esta izquierda sectaria de “igualar a la baja”, un objetivo prioritario dentro de su perversa política que nos hará a todos más pobres y más incultos y, en este caso concreto del piropo, ya que la belleza nos la otorga Dios al nacer y eso no se puede cambiar, hacer bueno aquello de que “si a mi no me piropean, que no piropeen a nadie”.

En cualquier caso, ya me cuidaré muy mucho de a quien dirijo un piropo, aunque pensándolo bien, sospecho que, por obvias razones, no va a ser a ninguna de estas que proponen tales medidas y que cuando, por la calle, del alma me salga llamarle a una mujer ¡guapa!, se lo dirigiré a una que, sin duda, me devolverá una sonrisa y se sentirá halagada.

De todas formas, insisto, que nadie crea que la adopción de semejantes medidas, absurdas y fuera de toda lógica, que caben solo en las mentes retorcidas de estas individuas que las proponen, pretenden salvaguardar la dignidad femenina, en absoluto, el único objetivo que persiguen es dinamitar el alma de España.

Y termino, permítame, señora Olona, llamarle, además de valiente, ¡guapa! Pues a fe que lo es.

Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )