VIVÍAMOS SECUESTRADOS POR UN INVENTO

Ha desaparecido. El monotema que ha copado titulares cada día desde hace siete años se ha eclipsado. Siguen ahí, por supuesto. Y no faltan sus provocaciones (como el mezquino rechazo a que exista un mando único español para defender al país frente a un pandemia, a fin de priorizar esfuerzos; o como ese político rufianesco, que con vileza siempre desacomplejada y deje arrabalero aprovecha una enfermedad como munición contra el Rey).

Pero ya no importan. Resultan intrascendentes, prescindibles. La razón es que ahora los estamos ignorando, en lugar de correr con la lengua de fuera tras sus bravatas, victimismos, reclamaciones y ofensas. Los ignoramos, en lugar de organizar el modelo de Estado a su dictado. Los ignoramos, en lugar de incurrir en la increíble torpeza de permitir que el Gobierno de España penda del capricho de un preso sedicioso.

La aparición de un enorme problema real, una epidemia en dramática escalada en toda Europa, ha acabado con el absurdo protagonismo que tenía en nuestras vidas el aguijón separatista. Reconozcámoslo: hasta ayer mismo éramos un país de 47 millones de habitantes secuestrado por el invento de poco más de tres millones de separatistas catalanes (menos de la mitad de la población de una región de 7,4 millones de vecinos, la mayoría contrarios a la independencia y que tienen el español como idioma más hablado).

Ya no nos acordamos, pero no existió una pulsión separatista fuerte hasta finales de 2012, cuando Artur Mas, que nunca había apoyado la causa -sobran declaraciones suyas en la hemeroteca-, cambió de idea para sacudirse tres lastres: su incompetencia para gestionar la resaca de la crisis, la quiebra de las arcas autonómicas y sus decepcionantes resultados electorales.

Con un oportunismo imperdonable, y al calor también de la miopía de Zapatero, que abrió sin necesidad la carrera de las reformas estatutarias, Mas llegó a la conclusión de que le convenía ponerse al frente de la manifestación. Mientras se hablase de lo malo que era «Madrit» no se hablaría de lo pésimo que era él.

Tomada su decisión, puso toda la maquinaria de la Administración catalana al servicio de la propaganda de su cruzada. Compró el favor de los medios con subvenciones -de ahí el súbito sesgo sobernanista de algún clásico vanguardista-, convirtió TV3 en un cañón separatista, abrió «embajadas» por medio mundo para pregonar agravios, infló de dinero a asociaciones «culturales» independentistas e invitó a periodistas foráneos a viajes de pachás a Barcelona.

El 23 de enero de 2013, el Parlamento catalán aprobó una declaración de soberanía y el derecho a decidir. Era a todas luces ilegal. Se dejó correr, entre la abulia del PP y el filonacionalismo del PSOE-PSC… Hasta que pasó lo que pasó.

Hoy España vive una situación angustiosa. Pero al menos vuelve a reconocerse como un país unido. Su presidente, el de la «nación de naciones», ha cambiado el léxico y Felipe VI continúa en su sitio, el lugar donde siempre ha estado, como volvió a probar anoche con gratificante elocuencia.

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Linda Galmor