VIVIR Y MORIR

El famoso «Dios ha muerto» de Nietzsche no fue nuevo ni original, ya que venían diciéndolo a su manera numerosos filósofos y científicos desde la Antigüedad. Mucho más novedosa fue la advertencia de los existencialistas de que la muerte forma parte de la vida.

No sólo como su desenlace, sino a lo largo de toda ella, eso sí, de forma muy distinta en cada persona. Para algunos, pesa mucho, otros, en cambio apenas le prestan atención, depende de la mentalidad, temperamento, estado y edad de cada uno

Por lo general, los jóvenes apenas piensan en ella. Se creen inmortales, de ahí que asuman todo tipo de riesgos, que pueden costarles la vida. Que, sin embargo, los suicidios sean mucho más frecuentes entre ellos no es una paradoja: es la consecuencia de ser más vulnerable a esa edad.

Este largo preámbulo a mi modesta columna viene a cuento del tema de máxima actualidad. Todo apunta que, tras haber aceptado que el maldito virus nos birlase las delicias de la primavera, no estamos dispuestos a que nos birle también el verano.

Sobre todo los jóvenes, por las razones expuestas no renuncian a lo que ya se ha convertido en costumbre, e incluso derecho, estos meses: los botellones, los conciertos al aire libre, las citas con sus ídolos. Tampoco los mayores están dispuestos a seguir confinados en casa y quieren, por lo menos, volver a la del pueblo o descubrir otro rincón de España.

Corriendo todos ellos los riesgos que no se cansan de advertirles, pues el Gobierno empieza a temer más la desescalada de la pandemia que le tuvo a la escalada, con razón dado el tsunami económico que se nos viene encima. Y si malo es morir del virus, peor es morir de hambre, lo que nos recuerda la historia de aquel paisano que, acostumbrando a su borrico a no comer, tuvo tanto éxito que se le murió.

Mejor hubiera sido estar más alerta al declararse la pandemia y no ser tan radical con el confinamiento, pero no hay que llorar sobre la leche derramada. Eso sí, procurar no volver a equivocarse, con un «verano loco» como los de antaño.

Los cartujos suelen, o solían, pues todo ha cambiado, saludarse en los encuentros por pasillos y claustros de sus conventos con «Hermano, morir habemos». Me parece demasiado fuerte para la publicidad gubernamental, pero «El virus sigue suelto» podría ser mejor que «lo hemos vencido», aunque un rapero sería capaz de dedicarle una canción y ponerlo de moda.

Lo que quiero decir con todo esto es que de lo que sea el verano de 2020 saldrá el otoño, y de lo que salga del otoño, lo que será 2021 con dos opciones: rebrotes o recuperación. No es una cuestión de Estado, sino personal, al depender de cada uno de nosotros. Aunque incida en el Estado en su conjunto. «¿Y dónde deja al Gobierno?», me preguntará el lector.

Mi respuesta: «Visto lo visto, lo mejor es que el Gobierno deje de mentir y de equivocarse».

José María Carrascal ( ABC )