Hace falta desvergüenza para pedir, no a Inés Arrimadas, dispuesta a venderse barato, ni a Casado, más Hamlet que nunca, sino a los empresarios que le ayuden a sacar adelante un presupuesto pactado con Iglesias. El Iglesias que pide la derogación de la reforma laboral de Rajoy, lo único que les falta para cerrar definitivamente sus empresas.

Pero Pedro Sánchez es capaz de eso y mucho más, como nos ha demostrado en una carrera que podría convertirse en novela picaresca tipo Buscón, con tesis doctoral hecha con retazos ajenos, intento de montar una votación espuria tras una cortina en la sede de su partido, promesa de convocar elecciones tras las elecciones, de no pactar nunca con Bildu, de no entregar Navarra a los sucesores de Eta, más tal cantidad de mentiras que enumerarlas llenarían esta columna.

Pedir ayuda a quien vas a saquear es como pedir al que estás atracando que te invite a cenar. Lo más triste es que, entre los empresarios nadie le haya dicho que antes con el virus que con Podemos, que viene a ser lo mismo.

Aunque más que un atraco se trata de un chantaje. Pedro Sánchez, gobernando con una de las minorías más raquíticas de la democracia española, se permite el lujo de chantajear a todos, empezando por su socio de gobierno.

Sabe que a Iglesias le sienta como un patada en las partes que acuerde un par de menudencias con Arrimadas a cambio de sus diez votos, que advertirá a Casado de que no se pase en sus críticas pues le acusará de traicionar a España obstaculizando las ayudas de Bruselas, como ya está haciendo su ministra de Asuntos Exteriores (para traición, la que se está fraguando al permitir a Gibraltar un acuerdo con la Unión Europea a través de España cuando el Reino Unido salga definitivamente) y la campaña para echar a las comunidades gobernadas por el PP la culpa del rebrote del virus.

Se las sabe todas y un buen eslogan electoral contra él sería el que uso Kennedy con Nixon: «¿Le compraría un coche de segunda mano?». Aunque España parece llena de incautos o más bien de resentidos, etapa cumbre del envidioso, ya que a éste le duele no tener tanto como otros, mientras al resentido le carcome no ser tanto como el que más.

Y a estas alturas conocemos lo suficiente de Pedro Sánchez para saber que su última aspiración no es ser presidente de un gobierno que depende de partidos con pocos escaños. Ni siquiera se daría por satisfecho gobernando con mayoría absoluta.

Como sus meteduras de pata protocolarias han mostrado más de una vez, él quiere ser rey. Además, rey absoluto, como los de antes, por encima de todas las instituciones e instancias oficiales. Por eso pide el apoyo de todos los partidos, tribunales, cámaras, bancos, empresas, porque el Estado es él.

¿No ven cómo habla mientras se dispara la deuda y los contagiados?

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor