VORACIDAD INTERVENCIONISTA

Empieza a resultar preocupante la voracidad intervencionista del Gobierno. Ni siquiera el estado de alarma justifica determinadas actuaciones que delatan ya una muy inquietante confusión entre responsabilidad e ideología, entre reacción contundente a la crisis y pretexto para desplegar sin obstáculos las propias obsesiones políticas.

 El Ejecutivo de Sánchez e Iglesias ha decidido asumir las competencias de las políticas activas de empleo arrebatándoselas a las comunidades autónomas, que no se han privado de manifestar su enfado.

Nadie entiende la necesidad de centralizar unos fondos de 2.414 millones -muchos de esos recursos ya estaban comprometidos por los gobiernos autonómicos-, una gota entre los 22.000 millones con los que cuenta el Servicio Público de Empleo Estatal. Los modos unilaterales que está exhibiendo este Gobierno lo están conduciendo a una creciente soledad, y eso es malo, pero lo peor es que lo conduzca a un creciente despotismo.

Cabe recordar que las políticas activas de empleo, por su naturaleza paternalista y potencial propagandístico, fueron la última reivindicación a la desesperada -en plena sesión de investidura- con la que Iglesias trató de salvar su ambicionada coalición con el PSOE antes de que este forzara la repetición electoral.

 Iglesias reclamó esa competencia a sugerencia de Zapatero, en la confianza de que atribuirse las ayudas a los parados genera una dependencia política muy atractiva para todo populista. El estado de alarma ha venido a materializar esa fantasía de Podemos, cuya influencia ideológica sobre la acción de gobierno es cada vez más evidente pese a los esfuerzos de Calviño: se impone el obsceno clientelismo.

Sin embargo, en una economía de mercado el empleo no lo crea el Estado sino el sector productivo privado. Hoy tendremos un traumático recordatorio de esta obviedad, cuando se conozcan unas cifras del paro que se prevén catastróficas.

Y lo peor está por venir. Ante un horizonte de recesión que golpeará con una dureza sin precedentes al tejido productivo español, dependiente como ningún otro del sector servicios y del turismo en especial, Moncloa no se abre de una vez a negociar medidas de concentración nacional con la oposición, sino que da otra vuelta de tuerca a su intervencionismo por la vía de los hechos mientras bate marcas de cinismo en sus apelaciones retóricas a la unidad.

¿Cuántas líneas competenciales más planea atravesar Sánchez? ¿De cuántas atribuciones más querrá investirse con la excusa del coronavirus para acrecer su poder sin rendir cuentas de él? Con el déficit notablemente desviado por culpa de la agenda electoralista de 2019, lo último que necesita España es repetir los errores de Zapatero y aumentar el gasto público y el limosneo estatista hasta dejar la deuda en números inasumibles para los mercados y las cuentas al borde del rescate.

La historia nos resulta conocida.

El Mundo

viñeta de Linda Galmor