Entre el “Hable con ella” de Pedro Almodóvar y “No digas ni mú”   de Pedro Sánchez hay un espacio casi infinito que quiere imponer a todos los cargos de su partido, porque  lo que antes fue el PSOE ahora es  un chiringuito de su propiedad.

Si hubiese sido fiel a su estilo,  Sánchez habría ordenarles que  callasen como putas – que de  eso si saben más que de asuntos monacales –   pero ha preferido exigirles que guarden silencio,  como si fuesen cartujos o trapenses   bajo la amenaza de pena de excomunión.

 Solo había que ver la cara del presidente de Extremadura Guillermo Fernández Vara, médico forense, que   parecía que salía de hacer una autopsia en vez de la reunión de su partido, y eso que él tiene una profesión en la que trabajar y no como otros que deben elegir entre la sumisión o la cola del desempleo.

Sánchez tiene cogidos a unos por los huevos a otros por la ambición, y a los  más talibanes por las dos únicas neuronas que aún les funcionan,  porque si algo ha aprendido de su vicepresidente estalinista es que el poder se defiende dejando en el camino un reguero de víctimas.

Desde que Alfonso Guerra advirtió que “el que se mueve no sale en la foto”, los distintos dirigentes del Psoe han interpretado con ciertos matices esa advertencia, pero nadie como Sánchez ha descabezado sin piedad cualquier movimiento crítico o disidente desde que regresó a la Secretaria General rodeado de fieles y lacayos para modificar las normas vigentes que permitían un cierto contrapeso del poder.

Eso lo tienen muy claro sus palanganeros más próximos  que,  sin necesidad de que nadie les anime, no se cortan a la hora de llamar fascistas a  compañeros históricos de su partido, que claman contra la deriva que lleva  este partido de Sánchez.

El intento legítimo de cohesionar el mensaje y el apoyo de todos sus cargos públicos, va en la naturaleza y la tradición de los partidos políticos, incluso los más liberales, pero existe un largo trecho entre esa propuesta de unidad y la persecución del elemento crítico, sobre todo si los dirigentes se desvían de los propios principios que han inspirado sus programas.

No basta con que las bases – ese magma indefinido de gente que grita – apoyen al líder, como hicieron con Hitler los alemanes, porque la manipulación de los sentimientos y sobre todo de las fobias  es una técnica muy acreditada para  la que es imprescindibles la colaboración de los medios de comunicación al servicio de una causa, aunque sea innoble.

Diego Armario