VOTO ROBADO

No era voto cautivo. Era voto comprado. Robado, en esa misma medida, a todos cuantos ciudadanos confiaban en la igualdad universal de los depositarios de papeleta en urna. La compra -el robo, pues- del voto anula la democracia. Porque hace bazofia de los sueños. Y de las ilusiones, carroña. Y todo lo trueca en triste pitanza de esclavos: ¡come y calla!

Lo de Huévar del Alfaraje, que fue documentado ayer por ABC, no es, desde luego, nuevo. Y eso es lo grave: que sea la normalidad andaluza, desde que el PSOE instalara allí un monopolio político que Felipe González soñaba iba a durar, al menos, medio siglo: acertó, casi. Y que, a lo largo de cuarenta años, ha impuesto allí cuanto le vino en gana. No ha habido ley, a lo largo de esas cuatro décadas en Andalucía.

Ha habido un bandolerismo que maquillaba cínicamente su cara diciendo ser una bondadosa expropiación para mayor beneficio de los pobres. Claro está que ese tipo de discurso encubre siempre a los peores ladrones. Y así, decenios antes de que los pícaros de Pablo Iglesias descubrieran la rentabilidad del modelo Evita Perón, Alfonso Guerra clamaba en la depauperada campiña andaluza por la redención celestial de sus descamisados. Daba risa, desde luego, a quien no fuera demasiado sinvergüenza o demasiado tonto. Daba risa. Pero funcionaba. Cuarenta años de voto invulnerable son la prueba.

Ha pasado de todo en esos años. Andalucía era un territorio virgen al inicio de la transición post-franquista. O, más bien, podía haberlo sido. Hablábamos entonces -¡pobres ingenuos!- del horizonte verosímil de una California española. Y no era, en sí, un delirio.

Todo se reunía allí para empezar de cero y alzar una economía de vanguardia. Todo: la apertura a nuevas explotaciones agrarias intensivas, que, al cabo, sólo se produjeron -¡y con qué éxito!- en Almería; la inversión estatal destinada a impulsar en aquella autonomía núcleos de las industrias de alta tecnología que se atisbaban ya como el único horizonte rentable del capitalismo moderno; la red de comunicaciones que acabase con la última cesura peninsular entre sur y norte…

Sólo esta última promesa fue cumplida: los señoritos de Sevilla, que gobernaban en Madrid, necesitaban un AVE cómodo para volver a casa cada fin de semana. ¿Lo demás? Lo demás quedó, por supuesto, como siempre. Ninguna modernización productiva fue consumada. Las ruinas de la Expo sevillana -y las sucias fortunas amasadas a costa de ella- debieran ser un día monumento a la Andalucía, a la España, que debió ser y que no pudo.

Había dinero. Lo hubo casi sin límite durante tres decenios. Dinero de la Unión Europea, fondos a través de los cuales se buscaba completar el proyecto de una homogeneización del tan heterogéneo continente. Con aquellas cifras, el proyecto de una nueva Andalucía estaba al alcance de la mano. Sólo hacían falta gestores eficaces. Y que no robaran. No los hubo.

A cambio de eso se descubrió algo tan viejo como el sórdido caciquismo del siglo XIX. Se resume en una operación sencilla: yo te limosneo y tú me votas. Y en eso se fue el dinero de Europa. En una mastodóntica versión del modelo mafia siciliana.

PER, EREs, cursos de formación fraudulentos, múltiples denominaciones de lo mismo: céntimos para ti, fortunas para el partido, pellizcos para aquellos dirigentes que tenían bajo el colchón «dinero p’assá una vaca». Y, en contrapartida, voto. Unánime. Blindado. No, no era «voto cautivo». Voto comprado, sí. Comprado a la pobre gente, robado a todos.

Gabriel Albiac ( ABC )