A Teresa, Consuelo, Mapi, Maite, Mar, Pilar y tantas otras vestales de la memoria.

Quién recogería aquellas flores que se quedaron desparramadas por el pavimento. Las que a la mañana siguiente debían llevar al colegio unos niños que dormían sin saber que se acababan de quedar huérfanos.

Esta madrugada ha hecho veinticuatro años sin que el paso del tiempo logre poner consuelo a la ausencia de Ascensión y Alberto. Que olvide el que pueda olvidar, el que esté dispuesto a vivir sobre el desdén a la memoria de los muertos. Y que perdone el que quiera perdonar en su fuero interno. Pero la justicia ha de cumplirse como una mínima reparación del sufrimiento.

Porque es lo menos que la sociedad debe a unas víctimas condenadas a soportar su aflicción en soledad y en silencio. Porque las vidas segadas de tantos inocentes merecen un respeto. Porque la dignidad de un Estado no puede quedar al albur de una miserable compraventa de votos en el mercado negro.

Sin embargo la iniquidad va a ocurrir y el sanchismo ya no se molesta en negarlo. Está construyendo un atajo legal para poner en libertad a los asesinos más sanguinarios, a los autores de los atentados que sacudieron la médula de un país horrorizado. A los de Hipercor o el cuartel de Zaragoza, a los que dispararon en la nuca a Gregorio Ordóñez, a Fernando Múgica, a Miguel Ángel Blanco.

Medio centenar en números aproximados. Y no, no es sólo el régimen penitenciario atenuado que permite el traspaso de las competencias de prisiones al Gobierno vasco. Se trata de un truco leguleyo sobre el cómputo de las penas que saque de la cárcel a los pistoleros con efecto inmediato.

Otegi no mintió en aquel discurso a los militantes: el precio de su apoyo a Sánchez y su integración en el bloque Frankenstein consiste en ver a ‘sus’ presos en la calle. Lo mismo que exigieron los independentistas catalanes, con la importante diferencia de que éstos no han matado nadie. Ahora estamos hablando de espeluznantes delitos de sangre.

La sangre de la democracia. La de diputados, concejales, jueces, profesores, periodistas, militares, guardias. La que en un verano de angustia clamó al cielo a través de millones de manos blancas. La que tal día como hoy arrastraba la lluvia de enero en una calle sevillana.

La que hace tres décadas sintió helarse en sus venas la madre de Joseba Pagaza cuando Zapatero inició el camino de la infamia, el de la ‘pazzzzzz’ invocada con el énfasis hueco de las grandes palabras. La de nuestros conciudadanos, nuestros amigos, nuestros familiares, nuestros vecinos.

La que el delirio terrorista derramó sin piedad ni respiro. La que se convirtió en símbolo de un país decidido a resistir el desafío que trataba de arrebatarle su libertad a tiro limpio.

La que selló un compromiso colectivo que hoy no vale, por lo visto, un maldito ápice de honor político.

Ignacio Camacho ( ABC )