Un amplio sector de la sociedad española gusta prodigarse hablando de los defectos de VOX, pero silencia sistemática y nunca ingenua ni casualmente sus virtudes. Callan las causas de sus limitaciones y adversidades pero pregonan lo que ellos consideran la prueba de sus miserias.

Estiman que su organización -única oposición, no obstante, auténtica y visible al Sistema– está incapacitada y desarmada de virtud contra las aberraciones que nos han traído hasta aquí; y además creen que, como es costumbre de los partidos más débiles, sufre la agitación de las procelosas perturbaciones partidarias. Sin embargo, muchos de estos censores que contra VOX se la cogen con papel de fumar, no tienen empacho de votar a los aberrantes.

Es curioso que mientras encumbran a los convictos, eligiéndolos y reeligiéndolos a pesar del estropicio que han causado durante las últimas décadas, no dejan de contrariar, afligir y criminalizar a VOX, el único inocente de la catástrofe. Así se indignan con el bueno o lo satirizan con el mismo movimiento de corazón con el que justifican y absuelven a los canallas.

¿Cómo puede ser esto así? ¿Cómo gran parte del pueblo, de la mano de sus elites, puede aceptar o participar en esta campaña promovida contra el único partido que insiste en denunciar permanentemente las tendencias pervertidoras y liberticidas del Sistema y de sus esbirros?

Muy sencillo; no sólo por las comunes borrascas pasionales, ni por las taras inevitables de la flaqueza humana, ni por las perturbaciones nacidas de la nesciencia, sino sobre todo por sectarismo y por intereses espurios. El caso es caminar siempre apartados de los caminos de la veracidad, así como de la ley de la justicia.

Mas los protagonistas de la insidia, insanables mortales agitados de oportunismo, injustos en sus costumbres políticas y cívicas, demuestran con su actitud que las cualidades positivas parecen ser algo inútil en nuestra época.

La autenticidad y la prudencia se entienden como antipatía y arrogancia; la conciencia y la fe están pasadas de moda por escrupulosas y supersticiosas; la franqueza y la libertad se califican de inoportunas, temerarias e inconsideradas. Todo se mide a través de chuscos mercantilismos y, llegado el caso, de efectos electorales. La verdad es un lastre con el que nadie quiere cargar.

Sin embargo, la corrupción y el vicio sí parecen ser provechosos. Bueno es, por lo visto, vivir en un período de perversión, pues al pervertido se le encumbra y se le hace parecer como varón hábil y virtuoso. El delincuente y criminal de nuestros días es juzgado como hombre de bien y de honor.

La prueba está en que se le reelige mayoritariamente. Esta es la sociedad impuesta por la execrable alianza de plutócratas y marxistas. Un pacto entre seres retorcidos, siniestros y diabólicos, todos ellos representativos de un feroz resentimiento contra la humanidad.

Hoy día quien resplandezca por su veracidad, lealtad y templanza, y sobre todo por su justicia, es reo de vilipendio y lapidación, pues sus distintivos resultan tan singulares que no pueden acabar sino en el silenciamiento y el destierro.

El que una persona mantenga su palabra con observancia religiosa, sin doblez, sin acomodar sus creencias a la voluntad ajena ni conforme a lo que exigen las circunstancias resulta imperdonable para los que mienten más que hablan.

La primera manifestación de la corrupción de costumbres es el destierro de la verdad, pues ser verídico es el principio de toda virtud y la primera cualidad que el ciudadano debe exigir a sus gobernantes. La fe en la verdad es de una rareza tan extrema que causa sospecha y se manifiesta insoportable a quienes poseen la absoluta carencia de escrúpulos y la suficiente habilidad para dedicar su vida a la injusta empresa de ocasionar perjuicios a los demás en ventaja propia.

En un tiempo así no debiera sorprender que la mayoría de los políticos, cuya naturaleza es villana y servil, se disfracen y oculten bajo máscaras, sin mostrarse nunca al natural. De este modo se habitúan a la perfidia y no dejan de falsear los hechos y el sentido de las palabras, porque o carecen de conciencia o esta les importa lo más mínimo.

Si un corazón generoso debe mostrarse desde lo más hondo y jamás ocultar sus pensamientos, los políticos de la casta, cumpliendo su oficio de siervos corruptos y corruptores, tienen la mentira en la boca de modo fatal e ineludible.

A la verdad, que es la primera y la más fundamental de las virtudes, es necesario amarla por sí misma. Simpleza solemne supone dejarse llevar por el rostro o por las palabras de quienes se esfuerzan en decir una cosa y hacer otra.

Las depravaciones y traiciones, todas las maldades, se emprenden por cualquier clase de provecho. Y la ambición de los políticos de la casta es desaforada. De ahí su índole abyecta y, en consecuencia, su comportamiento ignominioso. De ahí el esperpento escenificado por un pueblo que los vota.

Nuestras costumbres están corrompidas y tienden a empeorar si no se pone coto a la confusión moral que nos envuelve, pisoteando leyes y hábitos de modo bárbaro e impune. Y es en este contexto, en esta hora precisa en que se hace imprescindible expulsar de la vida política a quienes proyectan el odio sectario, la ruina y la muerte, cuando hemos desaprovechado una nueva oportunidad.

Las elecciones a la Asamblea de Madrid del 4 de mayo pudieron convertirse en el principio del fin no sólo, ni principalmente, del Gobierno liberticida que padecemos, sino de la casta partidocrática al completo; pero, por el contrario, los hemos reforzado. Frente a la España de los traidores y perjuros, sólo teníamos -tenemos- a VOX. Mas los madrileños volvieron a votar mayoritariamente a quienes han puesto las instituciones al servicio de su ambición personal y política.

Por lo tanto, lo consecuente es pensar que en el futuro seguiremos bajo el desprecio a la ley y lo que ello conlleva: autonomías centrífugas, separatismos exacerbados, corrupción, injurias a los símbolos y tradiciones nacionales, ataques al idioma y a la Constitución, exaltación del aborto, de la eutanasia, de las leyes LGTBI y de memoria histórica, adoctrinamiento pervertidor en las aulas, inmigración gravosa e ilegal, despilfarro de los caudales públicos y consiguiente presión fiscal, devastación pandémica y caos sanitario.

Frente a este panorama de devastación sólo se yergue VOX, realidad ésta que sólo los más fanáticos de sus detractores puede negar. Pero, al contrario, aquellos que tienen en su ánimo la suficiente fe en la verdad y en la virtud para contrarrestar las afecciones desarregladas, seguirán confiando en su imprescindible proyecto, ítem más tras comprobar que el antifranquismo sociológico, con su información y convivencia intoxicadora, sigue vivo en un país hoy proclive a la incoherencia y a la sumisión.

Y justamente porque tantos y tantos -cuidado especialmente con el fuego amigo– se afanan en ir contra VOX, algo lógico dado que es el único que se enfrenta al Sistema; y a pesar de que España tiene hoy los políticos que se merece, pues los ha elegido a la carta (sólo un pueblo profundamente envilecido puede aceptar el látigo de quienes lo envilecen), esa minoría avisada seguirá alentando el programa regenerador de VOX, y seguirá pidiéndole que llegue hasta donde le resulte posible, dadas las circunstancias.

 Sobre todo porque la derrota de las izquierdas resentidas y de sus cómplices no pasa sólo por las urnas, sino primordialmente por desmontar su designio cultural, que puede resumirse en el odio a la excelencia y en la desobediencia radical al orden natural de las cosas.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )