WYOMING SANTURRÓN

Wyoming parece a veces el Cristo de Marcelino, pan y vino en progre, en sextiano, en ese estilo de la cadena hecho de salvadores de butaquita, ricos mercaderes de la izquierda y periodismo con antorcha de señorita de alegoría. Ah, esas entrevistas suyas en un refectorio de ternura y colegueo meapilas, en una comunión de curas de mano blanda y moraleja de catecismo infantil… Aquello se llena así de santurrones con el luto feliz y morado de los santurrones, con ese incienso de la santidad que viene del calzoncillo ideológico alto, tieso, casto, soberbio y orinado de agua bendita. Y si no eres santurrón de lo suyo, igualmente te llevas el efluvio sextiano, que es como el del tabaco del cura o el de su bolsa de agua caliente, donde se concentra un olor raro pero congruente a afeitado, lavativa y sopa.

A la sacristía o mandorla de Wyoming suele llegar pues otro santurrón y hay una alegría de zapatillas de vieja y de un rosario como un bingo. Por ejemplo Jordi Évole, que siempre tiene una misión, un patronazgo de San Pancracio u otro santo con espiga o escobero, una indignación que le enturbia sus lentes de ratoncito de cuento moral. Esta vez dijo que la situación en Cataluña era “grave y grotesca”. Con su severidad convexa de mirilla, lo que le parecía grave era que Zoido no hubiese dimitido por los porrazos del 1-O.

Y si grotesco es lo de Puigdemont, más lo era la payasada de ese tipo que le hizo besar la bandera española, con esa cosa de burla de capote que tiene siempre una bandera. Con todo lo que ha pasado en Cataluña, él, puritano de mirar rodillas, se fijaba en eso. Anda aún tierno por el publirreportaje sobre el 1-O que Mediapro le hizo al procés, donde Clarita de Heidi luchaba contra Robocop, o algo así de japonés.

Santurrones de sobao se citan con Wyoming. Évole o Baltasar Garzón, que ha escrito un libro en plan Krishnamurti llamando a la indignación. A mí me indigna que se vendiera a Felipe González, ya oloroso de corrupción, por una esquina chupada de moqueta. Y que crea que la justicia es su reloj o su navajita de bolsillo. La cárcel para los sediciosos carece de fundamento, dijo. Sonaron campanas y un coro de ángeles mellados, verdaderos, sucios y reveladores, como de Buñuel, abovedaron El intermedio.

Luis Miguel Fuentes ( El Mundo )