Escribo estas líneas el sábado víspera del Domingo de Ramos, cuando la Iglesia recuerda a través del Evangelio del día la génesis de la traición de Judas a Jesús, tras el episodio en casa de Marta y María.

El apóstol encargado de las cuentas (el «Bárcenas» de Cristo) montó en cólera por no poder vender el perfume de nardos que María derramó en el cabello y en los pies de Jesús. De esa venta, Judas se hubiese quedado con una comisión…, naturalmente en dinero negro y sin ser declarada. O sea, como Bárcenas.

Lo tremendo del tiempo presente no es que la política esté llena de Judas (eso es más antiguo que el mismo Evangelio), sino que las traiciones vayan acompañadas de lo que se ha dado en llamar «transfuguismo», y que no es otra cosa que el chaqueterismo de toda la vida.
Se pasan de un partido a otro en cuestión de días o de horas, porque en realidad, tanto en el bloque de izquierdas como en el derechas, los distintos partidos son prácticamente el mismo: lo único que les diferencia son los lemas electorales y los 4 ó 5 asuntos con los que dan la matraca todos los días.
Díganme si no cómo se las ha ingeniado el actual vicepresidente de la Junta de Andalucía para haber militado en cuatro partidos distintos durante su relativamente corta carrera política: Partido Andalucista, Partido Socialista, Partido Popular y Ciudadanos.
A poco que se hubiera esforzado, habría conseguido entrar en Podemos o hasta en el PNV, qué más da. Lo único que no ha cambiado en la vida del señor Marín durante los últimos años es una generosa nómina a final de mes pagada por todos los españoles. E imagino que poquitos despertadores sonando a las seis de la mañana.
Pero el protagonista de la semana ha sido, sin duda, Toni Cantó, ese actor guapete que todas las suegras soñaban tener como yerno ideal. Toni cantó las cuarenta a Inés Arrimadas después del ridículo del Gobierno regional de Murcia, y lo siguiente que supimos de él es que dejaba la política para regresar a los escenarios.
Sólo una semana después (y no sabemos si muchas llamadas telefónicas con ofertas de trabajo en las salas de teatro, actualmente cerradas por la pandemia), el intérprete de «Aquí no hay quien viva» se mostraba encantado con la posibilidad de entrar en las listas del PP para las próximas elecciones autonómicas de Madrid, cambiando no sólo de partido sino también de lugar de residencia. Lo que haga falta, oiga.
Casado (y sobre todo Teodoro García Egea) quiso demostrar a Isabel Díaz Ayuso que, a pesar de su bien ganada fama de Manolita Malasaña, quienes mandan de momento en el PP son ellos dos. E impusieron a la actual presidenta madrileña una posición destacada de Cantó en las listas al 4-M.
Finalmente irá en el número cinco, garantizándose otros cuatro años, como mínimo, de sueldo de diputado regional, esta vez en la Asamblea de Madrid. Cambiando la camiseta naranja por el polo blanco con la gaviota azul, cosa que no supondrá una gran novedad en el actor, tan acostumbrado a cambiar de modelito ante los fotógrafos.
Lo que haga falta, oiga. Cualquier cosa menos volver al sofá de casa y al teléfono móvil sin llamadas entrantes. Cualquier cosa menos una nómina de una empresa privada, con recortes, con ERTEs, con supresión por la cara de las pagas extraordinarias, o con despido libre.
Cualquier cosa menos regresar a la incertidumbre, las estrecheces, las penurias, la necesidad en que viven cada día más españoles que sólo se cambian de chaqueta cuando van de casa a la oficina. Españoles cada día más alejados del gran teatro de la política en el que Toni Cantó está demostrando ser todo un superviviente.
Rafael Nieto ( El Correo de España )