Y COMIERON PERDICES

En España ya no se habla de política. Sólo de moral. No de programas, resultados y balances; sino de incoherencias, mentiras, vicios privados y tratos de favor. Esa es la gran aportación de Podemos a la vida pública española. El chascarrillo eterno y la difamación impune. Los medios españoles siempre habían sido bastante pacatos. El escrutinio moral se le criticaba a Estados Unidos, donde el puritanismo protestante demanda conocer de verdad para elegir. No hace tanto, en este periódico, Pedro J. le preguntó a Zapatero si era creyente y la pregunta sonó escandalosa. España atravesó ese océano moral al mismo ritmo frenético al que Pablo Iglesias escalaba socialmente. Porque ambas cuestiones estaban dramáticamente relacionadas.

El profesor Iglesias no aterrizó en los platós hablando de la subsunción formal del trabajo y demás zarandajas marxistas. Sabía que el combustible del populismo no es la ideología sino la rabia. Habló de casoplones, yates, restaurantes y otras pijadas -polisemia perfecta- porque su única oportunidad consistía en que un nuevo sujeto histórico, la gente, se rebelase con ira contra una casta cuya figura arquetípica se parecía mucho a eso en lo que él se ha convertido: un culiparlante con casoplón en la sierra. Yo me alegro de que lo suyo finalmente no haya sido la revolución sino la evolución.

No sólo porque creo, con Spinoza, que “sólo una torva y triste superstición puede prohibir el deleite” sino porque creo que a España le va mejor con Pablo en un chalé con piscina. Más que un partido, él fundó un comité de salud pública -descripción de Enric Juliana- y su odisea vital ha terminado siendo toda una lección de política para la generación del 15-M. Iglesias y Montero sí, que sí nos representan, y eso no lo cambia que ahora tengan una hipoteca que cuadruplica la media española. Hasta aquí lo aleccionador de la operación inmobiliaria. Lo que ahora queda es soportar los desagradables quejidos de folclórica.

Pablo hizo de su vida su programa único, hasta el punto insólito de que su jeta aparecía en las papeletas del partido. Lo enseñó todo, perro palleiro incluido, y ni siquiera la raza del can -la ausencia, más bien- era ociosa. Metió a España hasta en su cocina y ahora quiere alejarla de su chalé. La razón es que, como decorado para la farsa, lucen más los azulejos desgastados de un piso de barrio que un amplio jardín en Galapagar. Él mejor que nadie sabe, porque buena parte de su negocio dependía de ello, lo que duele la prosperidad ajena. Y ese quizás sea el verdadero drama español.

Rafa LaTorre ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor