¿ Y DE FRANCO, QUÉ ?

Sánchez demostró un día después que sigue sin saber nada; ni siquiera lo que hace su Gobierno, que ya hay que esforzarse porque, siendo el presidente del Consejo de Ministros, algún datillo se le podría quedar fijado. Pues ni uno.

Sus referencias al explicar los tremendos éxitos de su corto mandato las leía en un folio que hasta levantaba del atril, para que no quedara ninguna duda de que estaba recitando. Y cuando no leía, mentía. Pero este hombre lo hace con tanta desenvoltura, con tanta naturalidad, con un je ne sais quoi que te obliga a levantarte del sofá y hacerle la ola.

Solo él puede decir ante millones de españoles que no ha pactado con Torra sin caer fulminado al suelo por un síncope y continuar debatiendo sobre el precio del alquiler de la vivienda con absoluta naturalidad.

Pero aquí el problema, digámoslo ya, es de lo que no se habló. No se habló de Franco, señores. Ni una puñetera palabra, a pesar de que Sánchez e Iglesias llevan meses dándonos la tabarra con la profanación inminente de su tumba como un acto de extraordinaria urgencia y primerísima necesidad.

El tema que ha ocupado al Gobierno y a sus socios durante casi un año fue hábilmente escamoteado, al objeto de que los votantes no sepamos qué piensa hacer Sánchez con un asunto tan trascendental.

Si hubiera dicho algo al respecto, al menos ya sabríamos que hará lo contrario si se mantiene en el poder después del próximo domingo. Pero con Sánchez no hay manera de obtener una certeza. Solo que, si gana las elecciones, lo vamos a flipar.

Pablo Molina ( Libertad Digital )