El 14 de marzo, Sánchez se invistió de poderes especiales, casi autocráticos, suspendió derechos fundamentales, retiró el mando a las comunidades y encerró a la población mediante lo que definió jactándose como «las medidas más drásticas de Europa».

El 21 de junio, tras 98 días de mando apabullante del Gobierno y ocupación de la televisión en un ejercicio de propaganda insólito, Sánchez se echó a un lado, traspasó el problema sanitario a las comunidades y proclamó que el virus había sido «derrotado». Fin de la epidemia. Como balance, llegó a alardear de que su gestión había «salvado 450.000 vidas», aunque todavía es incapaz de decirnos la cifra real de muertos (ayer le preguntaron y no contestó).

Hoy España es el país europeo con más contagios. Entre los días 15 y el 22 de este mes, una media de 152 infecciones por cien mil habitantes, frente a 54 de la vecina Francia, 53 de Bélgica y 21 del Reino Unido. España es también el país desarrollado que ha sufrido una mayor caída del PIB con la epidemia.

En el segundo trimestre del año ha perdido el 18,5 % de su riqueza nacional. Este lunes, la UE concedió 81.400 millones a quince países para ayudas a desempleados. España por sí sola recibió 21.300. ¿Buena noticia? Sí y no. El Gobierno lo vende como un éxito.

Pero el importe del rescate evidencia la extrema gravedad de nuestra crisis. Por último, la inhibición del Gobierno ante a algo tan trascendente como el inicio del curso ha suscitado quejas clamorosas. Sánchez y su ministra se han lavado las manos y hasta sus socios de Podemos los critican por ello.

Pero regresó Sánchez, bronceado tras casi quince días de tumbona en plena escalada del Covid, y anunció tres cosas: que ofrece dos mil soldados para hacer rastreos y que potenciará una aplicación móvil -dos iniciativas que pudo haber puesto en marcha hace ya tres meses-, y que las comunidades podrán declarar estados de alarma regionales.

Lo cual es incongruente con que durante cuatro meses nos predicó que era imprescindible concederle a él poderes especiales mediante un estado de alarma estatal. En economía, destacó el «buen hacer de la vicepresidenta Calviño» (con el mayor descalabro de la OCDE debió ser un ejercicio de humor negro). Sobre las causas de nuestro récord de contagios, lo achacó «al ocio nocturno y las reuniones familiares».

Si es así, ¿por qué no tomaron medidas? De cara a los presupuestos, «debemos apartar las luchas partidistas y hacer unos presupuestos de país» (dicho por el presidente más sectario de nuestra democracia). Sobre la vuelta al colegio, alardeó de que su Gobierno ha dado una lección de previsión (risas en off).

Preguntado sobre si cesaría a un ministro podemita si es imputado, el gran regenerador que echó a Rajoy en nombre de la lucha contra la corrupción hizo mutis y reiteró su apoyo total a Iglesias.

Ateniéndonos a los datos resulta indiscutible que estamos ante un incompetente de palabra de hojalata. Pero si hubiese elecciones mañana probablemente las ganaría. Con una oposición dividida y en baja forma y las televisiones plegadas a la izquierda seguirá ahí hasta que -por desgracia- el paro nos devore.

Entre ruina y «progresismo» muchos todavía eligen lo segundo.

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Linda Galmor