El 4 de julio, Sánchez ofreció un mitin con aires de misión cumplida y titular alentador. «Hemos vencido a la pandemia», anunció, «el virus está controlado». Así que animó a los españoles «a disfrutar de la nueva normalidad» en las calles y criticó a la oposición por «usar el virus para acosar y derribar al Gobierno».

Sesenta y seis días después, España es el país europeo donde más rápido se expande la epidemia, lideramos los contagios en el continente y somos sexta nación del planeta donde más aumentan los infectados. La segunda ola despunta además en el momento más inoportuno y dañino, pues coincide con el regreso a las oficinas y con la chapucera reapertura de colegios y universidades.

El viernes, las autoridades sanitarias españolas comunicaban 8.959 nuevos contagios, la mayor cifra desde que arrancó el rebrote. Para entender lo extremadamente anómalo de nuestra situación baste con señalar que la media de casos por cien mil habitantes en España es de 236, frente a 28 de Italia, que era el otro gran enfermo de Europa (en Alemania, 19).

El pasado 2 de agosto, ABC tituló en su portada: «Segunda oleada inminente si no hay coordinación». Por desgracia ya estamos donde preveía el periódico (advertencia que Simón recibió escaqueándose a hacer surf a Portugal). La cifra de ingresos ha pasado de una media de 150 en junio a 1.800 en la última semana.

Los muertos, de 15 por semana en julio a 160 ahora. ¿Qué ha hecho Sánchez ante un segundo pico anunciado? Nada. Primero irse de vacaciones y después sacudirse el problema con el eufemismo «cogobernanza» (traducción: pasarle la marmita hirviente a las comunidades).

No hay gobierno en el mundo que no haya sudado y sufrido ante un desafío de las dimensiones de esta pandemia. Se podría justificar -aunque yo no lo hago- el despiste del Ejecutivo español a finales de febrero y comienzo de marzo pretextando que todavía se sabía poco del virus.

Se podría alegar -y es cierto- que la sanidad estaba transferida por completo a las comunidades desde hace lustros y que el Gobierno se encontró en órsay, porque el Ministerio de Sanidad era una carcasa vacía ya con Zapatero y Rajoy. Si uno es muy, muy, pero que muy «progresista», tal vez hasta encuentre argumentos para justificar las torpezas gubernamentales en la compra de material, que España fuese el país con más sanitarios contagiados, o el único con un Gobierno que no sabe contar los muertos, que Simón ofreciese hasta tres versiones sobre la pertinencia de la mascarilla, o que todavía no exista un plan estatal de rastreo.

Se puede intentar incluso defender la falta de sensibilidad de Sánchez con las víctimas y sus familias, su uso abusivo de la televisión como arma de propaganda y su confinamiento extremo, que ha causado el mayor desplome del PIB de la OCDE.

Pero lo que es imperdonable es que se haya lavado las manos ante una segunda ola previsible, que puede propinarle además otra estocada a una economía ya comatosa.

¿Cuál es la utilidad de un presidente que cuando llega un problema real y grave sale con que no va con él? En cualquier país de nuestro entorno la ciudadanía ya estaría pidiendo su dimisión.

Aquí nos piden que aplaudamos.

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Linda Galmor