» YO PUEDO CON EL ESTADO »

José Manuel Villarejo nació hace 67 años en un pueblo cordobés. Su biografía presenta tres hitos: primero, policía condecorado; después, exitoso y turbio empresario en el mundo de la seguridad y los informes comprometedores, y finalmente, preso preventivo desde el pasado noviembre en la cárcel de Estremera, a 67 kilómetros de Madrid.

El excomisario está acusado de cohecho, organización criminal, blanqueo de capitales y delitos contra los derechos de extranjeros. Villarejo, que es inteligente y sabe ser un tío simpático y agradable si procede para sus negocios (y todo lo contrario si no procede), ingresó en la Policía en 1972.

Veló sus primeras armas en San Sebastián, donde se distinguió durante tres años en la lucha contra ETA y se ganó su condecoración. Luego pasó a Madrid y en 1983 se tomó una excedencia de una década para dedicarse a sus negocios detectivescos y de seguridad, desplegados a través de un entramado de empresas con las que se enriqueció. Y entonces, una vez más, el error de las puertas giratorias.

En 1993 llamó de nuevo a la puerta de la Policía -o fue reclamado por el ministro socialista Corcuera-, e inició una sinuosa e inquietante carrera como lo que él llamaba «agente encubierto». Buceaba como nadie por las inevitables alcantarillas del Estado. Unas veces servía al Gobierno; otras a clientes privados, y siempre a sí mismo. Poseía una agenda de influyentes, con terminales en la Judicatura, la política y los medios; y una fijación perenne: grabar todas sus conversaciones (algo que de manera inaudita no es delito en España si quien graba es parte de la charla).

En los noventa fue armando su inmensa fonoteca. Mucha cháchara sobre la mugre de las cañerías, voces que bien editadas veía como su chaleco salvavidas si venían mal dadas. «Yo puedo con el Estado», galleaba ante sus colegas. Pero el Estado, un paquidermo lento que al final siempre llega, lo esposó en noviembre del año pasado y, para su perplejidad, lo encarceló.

Acostumbrado a los enjuagues, cambalaches y otros intercambios de bacines subterráneos, confiaba en que se le apañase lo suyo y salir a la calle. No ha sido así, porque España es -todavía- un Estado de Derecho. Villarejo ha iniciado su venganza: la divulgación seriada de grabaciones, la primera la de Corina, después la de sus cuchipandas con Garzón y la hoy ministra Delgado, ayer, una charla con el marido de Cospedal y hoy, una reunión con ella. ¿Cuánto material realmente comprometedor posee Villarejo? ¿Cuánto daño puede hacer?

Es evidente que nunca le doblará la mano al Estado. Pero en un momento en que el respeto a nuestras instituciones flaquea, sí podría aportar munición gruesa para las formaciones antisistema. El éxito del posible chantaje dependerá de la madurez de la sociedad española (por desgracia hoy demasiado volátil y nerviosa), de la templanza de los partidos constitucionalistas (que deberían anteponer el sentido de Estado a la oportunidad de zaherirse con las grabaciones) y de la seriedad y capacidad de contraste de los medios.

Luis Ventoso ( ABC )