Está más claro que el agua. Yolanda Díez quiere gobernar, ser la primera mujer que preside un Gobierno, y cada vez se aparta más del modelo Sánchez, un petimetre narcisista de almacenes de tercera clase que asalta el Estado.

Y porque sabe que el cantamañanas está amortizado, ella da sus propios pasos: visita al Vaticano vestida para la ocasión, que en otro momento hubiera ido con pantalones cortos y sujetador, y se desmarca de Sánchez en la defensa de los delincuentes Chaves y Griñan. Lo suyo es seguir la estela de Isabel Díaz Ayuso con la que comparte tres características: las dos son ambiciosas, las dos están insuficientemente preparadas y las dos físicamente no desmerecen, que en política, sobre todo si se es mujer, no es nota poco importante.

Con todo, la opción Yolanda desde mi punto de vista no tiene de momento mayor recorrido, aunque no deje de tener su importancia para dinamitar definitivamente a la “banda” de Podemos y crear una brecha importante en el PSOE, paso previo para construir una alternativa socialdemócrata de estilo europeo que dejaría al PSOE en un fuerza puramente testimonial, como en su día terminó siendo el “poderoso” PCE.

    Sería necesario que Yolanda se formase e informasese desprendiese de la costra sectaria de la “lucha de clases” que la recorre como envidia todo el cuerpo, y que fuese decididamente hacia la creación de esa alternativa socialdemócrata con la que competir con el liberalismo del PP. De esta forma, el espectro político quedaría mejor clarificado: un liberalismo neocapitalista, una socialdemocracia no marxista y una Derecha Nacional.

    De lo contrario, Yolanda seguiría siendo la “mamporrera” del próximo candidato del PSOE, que huérfano de mentes seguro seguirá presentando al segundo MEMO de la Historia de España después del Zapatero.

    Sea como sea, veremos como amanece septiembre, que tal y como están las cosas, y no sólo las de comer y calentarse, no hay que descartar que haya una intervención en invierno.

    ¿Intervención? ¿Qué clase de intervención? Yo lo tendría claro.

Pablo Gasco de la Rocha ( El Correo de España )