Los lectores recordarán que al principio de la pandemia, en marzo de 2020, este periodista fue extremadamente prudente en sus juicios y opiniones. Estaban muriendo compatriotas por decenas, era un virus desconocido que nadie sabía cómo combatir, y ni la ligereza, ni la suposición, ni el juicio precipitado nos parecían de recibo. Por eso criticamos duramente a los medios que optaron por esa vía facilona y demagógica, mientras nosotros nos limitábamos a escuchar, aprender y esperar el tiempo de las conclusiones.
Casi dos años después, el tiempo de las conclusiones ha llegado. Y por desgracia, hemos comprobado con el paso de los meses lo que antes de la pandemia solíamos decir de los gobiernos compuestos por frikis y aduladores: si no están preparados para gestionar lo ordinario, es imposible que lo estén cuando llega una desgracia o una catástrofe natural. Efectivamente, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y su ex, el comunista Garzón, el podemita Castells, doña «Chiqui» Montero, el ínclito Marlaska…, este grupo inclasificable no puede gestionar nada importante, porque carece de las virtudes básicas que debe tener un gobernante.
Esta semana (antes de posar para una revista en la que aparece vestida con cueros negros, como una matahari del PCUS yendo a una fiesta motera), Yolanda Díaz dio una entrevista a Fernando Berlín, de RadioCable, en la que vino a decir que, ya en febrero de 2020, ella conocía la gravedad de la pandemia de coronavirus, y que, a pesar de haber informado de ello al presidente del Gobierno en un Consejo de Ministros, nadie le hizo caso.
15 de febrero…, un mes antes del primer confinamiento ordenado por Pedro Sánchez, una ministra del Ejecutivo avisa de la gravedad de la situación que se estaba viviendo en Italia, con información oficial preferente, y el presidente del Gobierno no le hace ni caso.
No solo eso: tres semanas después de dar ese aviso, el Ejecutivo, con la vicepresidenta Carmen Calvo al frente, acude a una manifestación con miles de personas por las calles de Madrid, para celebrar el Día de la Mujer Trabajadora, el 8 de marzo. «Ningún virus mata tanto como el machismo» decían las ilustrísimas ministras del PSOE y de Podemos, en uno de los mayores casos de irresponsabilidad criminal que se ha dado en Europa en las últimas décadas por parte de unos gobernantes.
¿Qué habría pasado si, como es normal, el presidente del Gobierno hubiese atendido a su ministra de Trabajo, y en vez de convocar manifestaciones multitudinarias, hubiera empezado a hacer controles en los aeropuertos, limitando los movimientos masivos, dotando de material a los hospitales, y haciendo, en resumen, lo que ya se estaba haciendo a solamente unos cientos de kilómetros de los Pirineos?
Pues aunque no somos adivinos ni tenemos una bola de cristal, es fácil deducir que probablemente se hubiese ganado un tiempo vital para detener los contagios, y las hospitalizaciones, y las muertes de miles y miles de españoles. Concretamente, 120.000 personas que se calcula son las que han perdido la vida en lo que llevamos de pandemia.
Esta confesión de Yolanda Díaz (que coincide con el anuncio de su nueva plataforma política de extrema izquierda con la que quiere enterrar ese cadáver purulento y lleno de gusanos que es Podemos), es una confesión que casi, casi se podría calificar como una prueba testifical, si el asunto terminase ante los tribunales, cosa que no se descarta que pueda ocurrir.
Porque 120.000 muertos son muchos muertos, demasiados. Nadie dice, porque no se puede decir, que esta decisión o aquella hubiesen evitado la pandemia en España. Pero sí decimos que este Gobierno no está para nada serio ni importante. Este Gobierno está para las sandeces de Irene Montero o para las paranoias de Alberto Garzón con los chuletones y las golosinas. Pero no para gestionar una pandemia con un virus desconocido.
Esta señora, Díaz (que parece una actriz de Hollywood a pesar de que admira más a Stalin que a Scorsese), tendría que haber dimitido de inmediato en aquel momento. Tendría que haberse marchado, dejando a Pedro Sánchez y el resto de abrazafarolas con la responsabilidad exclusiva sobre la evolución de la pandemia en España, una vez ella había dado el aviso.
Pero no solamente no se marchó, sino que siguió ocultando las mentiras del Ejecutivo, y empujando a miles de familias al limbo de unos ERTEs que llegaron para quedarse, y con ellos, la precarización del trabajo, y con ella, la pobreza para muchos hogares. Está claro que el modelo que inspira a Díaz y a Sánchez es el modelo venezolano: un populismo izquierdista con un tufo a rancio que espanta.
Este programa fue prudente cuando había que serlo. Fue respetuoso con los fallecidos y con sus familias. Y fue leal hasta donde se podía ser leal con unos mandatarios que luego en ningún momento han demostrado estar a la altura de las circunstancias. Hoy, casi dos años después, afirmamos que este Ejecutivo de Sánchez y Díaz no está a la altura de España.
Y que, si la Justicia existe y no es solamente un vestigio del pasado, todos sus miembros sin excepción deberían sentarse algún día en el banquillo.
Rafael Nieto ( El Correo de España )