ZAPATEOS

La otra noche, en la Casa de ABC de Sevilla, Pérez Reverte dijo que el punto cero del reciente fracaso español, el momento en que se empezó a joder todo, Zavalita, fue el mandato de Rodríguez Zapatero. En esencia porque, con un idealismo que aún no sabemos si era sólo irresponsable e incompetente o también perverso, se dedicó a romper todos los consensos que habían hecho de esta democracia una historia de éxito.

Fue la época de la política levantatumbas y del aflojamiento de los pernos de una convivencia social y territorial que una década después iba a quebrarse casi por completo. Pero también, aunque esto no lo dijo Arturo, de la recesión que puso el bienestar social en riesgo y cuya existencia se negó a aceptar con un empeño que acabaría costándole el puesto.

Sin duda fue peor todo lo primero, porque la crisis del sistema era un toro corniveleto que probablemente hubiese empitonado a cualquier gobernante que pillase por medio. En cambio, la ruptura de los grandes acuerdos de la Transición tuvo el carácter consciente de un proyecto cuyo adanismo desquiciado sacó de paseo a los demonios históricos que parecían superados en el tiempo.

Todo ese desastre, sin embargo, sería apenas un mal recuerdo si no mediasen indicios de que el sanchismo sigue el mismo prontuario y de que después de varios bandazos el PSOE parece dispuesto a terminar el trabajo que ZP comenzara hace quince años.

Los arrumacos con el nacionalismo, la obsesión por Franco, la estrategia frentepopulista, los guiños ideológicos sesgados o la legitimación retroactiva del legado republicano demuestran que la socialdemocracia insiste con orgullo en los errores del pasado.

Que alguien ha rescatado de algún cajón de La Moncloa aquel manual de fracasos. Y que, lo más inquietante, los ciudadanos dan la impresión de haber olvidado las consecuencias calamitosas de un modelo que llevó al país al borde del descalabro.

Los últimos rasgos de analogía con el descalzaperros zapaterista provienen de la negación de los patentes indicios de desaceleración de la economía. El Banco de España, los servicios de estudios financieros, la OCDE y la Comisión Europea llevan meses advirtiendo de una evolución negativa que el Gobierno desprecia con decisiones de gasto electoralista.

El eco de Solbes -que luego entonó una palinodia arrepentida- ya ha retumbado en boca de una ministra, Nadia Calviño, para defender sus previsiones fiscales expansivas. Cuando suenan tambores de alarma en Alemania y otras naciones vecinas, Sánchez incrementa el déficit con frívola alegría. Las circunstancias no son las mismas de entonces pero nadie está atendiendo los nuevos síntomas.

Suena a historia ya vista, pero no a lección aprendida. Estamos en lo que estamos: en la banalidad, en la fruslería política, en el tacticismo, en la cortedad de miras. Sólo que si te engañan por segunda vez no ha lugar a quejas tardías.

Ignacio Camacho ( ABC )