Qué bofetón el del callejero madrileño. Qué amarga experiencia para la izquierda la de esta semana clave. Por fin se ha comprobado que aquello a lo que el mundo del progreso asaeteaba, escupía, culpabilizaba y humillaba no era un muñeco sino la media España que cada cierto tiempo tiene que dar señales de vida. Recordar que sigue sin resignarse a morir.

Tan poca resistencia ha opuesto desde Zapatero el payaso de las bofetadas que tomarlo por un cuerpo inerte resultaba normal. Hasta que ¡zas! Cuando menos se lo esperaban los de la memoria amañada, el muñeco ha levantado las cartas de Largo Caballero e Indalecio Prieto. El desconcierto del PSOE evoca al boxeador noqueado de un solo golpe.

Uno que se había hinchado a hincharle la cara al contrario, y el hígado, sin encontrar reacción. Y justo cuando está pensando en lo rentable que resulta tratar como enemigo a la oposición, justo cuando está considerando la posibilidad de que su rival esté muerto aunque siga en pie (por hábito y por fastidiar), el muerto coge, se eriza y acierta un brutal uppercut de derecha. De los que dejan sin sentido.

Han salido corriendo el pobre Simancas y el aún más pobre gestor de las cuentas del PSOE a protestarle al árbitro, balbuciendo no se qué sobre lo demócratas que fueron sus dos remotos líderes, sobre cómo rechazaron la violencia y abominaron del recurso a la fuerza. Ahí, claro, cuantos saben algo de los años treinta estallan en carcajadas.

Se ha evidenciado que el actual PSOE no tiene ni la más remota idea de su propia historia. Que nunca esperaron que el linchamiento al muñeco y las consignas para ágrafos fueran a trocarse en un toma y daca con datos, hechos, fechas.

Calla que te calla y aguanta que te aguanta, los millones de compatriotas que no practican la comodidad moral e intelectual de ser de izquierdas habían dejado que sus maltratadores se entregaran a un enfermizo onanismo emocional. Y remunerado. Soy un pedazo de tío o de tía, soy prácticamente un héroe, fíjate, les he dado una lección a esos peperos franquistas, ja.

La izquierda se admira tanto que ha perdido de vista el desequilibrio estructural de su posición. No puedes estar con el poder y ser un rebelde insobornable. Les pasa a los anticapitalistas, o antisistema, o altermundistas, o antifas, o como quieran llamarse, que intentan reventar a patadas callejeras las cabezas de unos funcionarios de policía que están sometidos al mando de sus socios.

En un plano menos delincuencial, ocurre lo mismo con la gente de progreso en sus mesas y con la masa de progreso en sus sofás, los que se baten el cobre recostados, los afiliados al anonimato, al solecismo y al odio a la ortografía, que es otra de las formas del poder y por eso la están añadiendo a la lista de Foucault.

Tan fácil venía siendo todo que se han atocinado. Expertos en linchar, se quedan estupefactos cuando alguien les contesta a modo y decide aplicarles sus mismas reglas.

Juan Carlos Girauta ( ABC )