EL ZOO DE LOS ERE

Todos esos personajillos de los ERE, esos cabezudos de pueblo, esa cuerda de barrigones y puteros, ese algo de Velázquez pasado por Cervantes o al revés, de enano tullido, de mercader sifilítico, de ventero patilloso, de borracho de naipe, eso es lo que nos fascina al principio. Un oro de mierda, una mella de ese oro, unas manazas sucias de oro y mierda en el pan y el dinero y las posaderas de Andalucía, como si la violara un mendigo. Eso es lo que primero nos fascina y nos repugna, pero también lo que nos estorba.

Cristina Pardo, una inteligencia televisiva nerviosa, punzante, abejil, nos ha retratado en dos capítulos la corrupción en Andalucía, que no es ésa que cabe en una maleta de piel de tigre, sino una corrupción respirable por todos los grifos, un humus donde se hocica. Una corrupción repartida entre tanto pobre que parece negarse a sí misma, como un serrín del dinero niega el dinero. Y que no sólo es mangazo. Son los recursos públicos usados como abono para mantener el poder… y la pobreza.

 La delegada de la Junta que pone a sus empleados a hacer campaña para el PSOE «como testigos de Jehová». La chica contratada por una fundación socialista que tiene que donar parte de su sueldo y acaba dando masajes a sus jefes. Los extrabajadores de Delphi haciendo cursos de pretecnología pagados («¿Tú estás cobrando? Pues te callas la boca», decían los sindicatos). Las mordidas definidas con «la Junta colabora con quien colabora». Y los ERE, claro. Guerrero repartiendo subvenciones como un Santa Claus pervertido, sin más norma que la temperatura de sus cojones. El conseguidor Juan Lanzas con «dinero para asar una vaca». Un ERE no como tragedia de una empresa, sino como gran bicoca. Y ese asco del dedo en el gin-tonic mientras se emputece lo público.

Ese zoo, ese nivelito de la trama, nos da la altura de todo un sistema. A eso es a lo que en Andalucía se le llama el Régimen. A esa manera de repartir, de funcionar, de pensar. De creérselo. Pero los leprosos y los pillos, con sus ojos de ciego o pachón pintado por Velázquez, no nos dejaban ver de dónde venía su bolsa. Vimos a los bufones de piernas torcidas, pero no a los reyes de huevazos en la palangana. Al dinero le faltaban los jefes y a Malas compañías le faltó un capítulo.

Luis Miguel Fuentes ( El Mundo )