El mundo ya no necesita guionistas de ciencia ficción. Le basta con encender el telediario y dejar que la realidad improvise. Porque mientras España lidera la Unión Europea en pobreza extrema con un glorioso treinta por ciento, las élites siguen demostrando que el Titanic no se hundió, simplemente aprendió a reservar camarotes “premium”.
La nueva joya del turismo europeo es un crucero holandés de cuarenta y dos días, una especie de “Supervivientes Deluxe” flotante, donde por el módico precio de entre ocho mil y veinticuatro mil euros uno puede disfrutar de buffet libre, atardeceres tropicales y, de regalo, un posible hantavirus con vistas al mar. Todo incluido.
Eso sí, la experiencia ha venido con dos pasajeros fallecidos, varios infectados y una gira diplomática más accidentada que la carrera política de un ministro sorprendido con el micrófono abierto. Cabo Verde dijo que allí no desembarcaba nadie. Marruecos, viendo venir el “regalito”, también cerró la puerta. Y al final, como siempre, España apareció voluntaria universal del planeta para asumir el marrón sanitario sin consultar siquiera con Canarias, que debió enterarse casi por la prensa y por el miedo colectivo.
Y entonces apareció Fernando Simón.
Ese hombre que cada vez que dice “no hay riesgo” provoca automáticamente que media España empiece a comprar papel higiénico, garrafas de agua y latas de atún. Ya es una reacción pavloviana nacional. Escucharle tranquilizar a la población produce el mismo efecto que ver humo saliendo del motor de un avión mientras el piloto anuncia que todo está bajo control.
Pero tranquilos. No pasa nada. Nunca pasa nada… hasta que pasa.
Mientras tanto, en el apasionante universo de la política española, donde cada semana parece escrita por Netflix después de una noche de vino peleón, el caso Víctor de Aldama ha dado otro giro digno de serie turca judicial.
El empresario amenazó con tirar de la manta. Y claro, en España tirar de la manta es peligrosísimo, porque debajo no aparece polvo… aparece el Estado entero jugando al mus.
Cuando Aldama insinuó que podía señalar hacia las alturas del poder a cambio de beneficios penitenciarios, la maquinaria reaccionó con una velocidad desconocida para la administración pública. Curiosamente, para perseguir facturas falsas o reducir listas de espera hacen falta décadas, pero para cerrar bocas incómodas el sistema adquiere reflejos de Fórmula 1.
La Fiscal Jefe Peramato, colocada con esa sospechosa rapidez con la que algunos llegan al cargo sin necesidad de opositar al Everest, ha dejado claro que aquí no habrá rebajas ni misericordia. Orden tajante al fiscal Luzón, nada de pactos, nada de favores y, sobre todo, nada de mantas levantadas que puedan dejar al descubierto demasiados pies descalzos.
Y uno no puede evitar preguntarse qué secretos tan explosivos guardará ese hombre para que de repente el sistema entero parezca más nervioso que un contable destruyendo discos duros.
España vive ya en un estado permanente de “nueva alerta mundial”. Da igual el motivo. Un día es un virus flotante de lujo. Otro, una corrupción que amenaza con salpicar más arriba de lo recomendable. Mañana será cualquier otra cosa.
La diferencia es que antes las crisis llegaban poco a poco. Ahora llegan por entregas, con banda sonora, tertulia nocturna y comunicado oficial diciendo que no nos alarmemos mientras todos buscan la salida de emergencia.
Eso sí, hay algo admirable en este país, y es la capacidad infinita del ciudadano para soportarlo todo. Pagamos impuestos europeos con salarios africanos, sobrevivimos a gobiernos que se contradicen antes del café de media mañana y seguimos adelante con esa mezcla tan española de resignación, humor negro y bar abierto.
Porque al final España ya no es un país.
Es una serie interminable donde cada capítulo empieza con un “tranquilos, está controlado”… y termina con todos mirando el horizonte preguntándose cuál será el próximo iceberg.
Ver menos
Salva Cerezo