Dicen que la creatividad es la inteligencia divirtiéndose. Debe de ser por eso que algunos integrantes de la ya célebre «cloaca socialista» parecen empeñados en convertir cada escándalo en una especie de concurso televisivo, una yincana de pistas y confesiones involuntarias.
Lo de Koldo, el Tito Berni y compañía ya parecía difícil de superar, pero la realidad política española tiene una extraordinaria capacidad para reinventarse. Mientras unos ciudadanos todavía intentan comprender el alcance de los hechos, los protagonistas se dedican a dejar grabaciones, mensajes, notas y documentos con el entusiasmo de Pulgarcito recorriendo el bosque. La diferencia es que Pulgarcito quería encontrar el camino de vuelta; aquí, más bien, cada cual intenta asegurarse una salida de emergencia antes de que el edificio se venga abajo.
Hay quien atribuye semejante despliegue probatorio a la incompetencia. Error. La incompetencia explica muchas cosas, pero no todas. Lo que aflora es algo mucho más viejo, la prepotencia mezclada con la desconfianza. Porque cuando nadie se fía de nadie, todos graban a todos. Y cuando el compañerismo se sustituye por el «sálvese quien pueda», los micrófonos ocultos se convierten en el mejor seguro de vida política.
Mientras tanto, para distraer la atención del espectáculo, vuelve a utilizarse el recurso más antiguo del manual, la polarización. Si los problemas aprietan, nada mejor que dividir a los ciudadanos en bandos irreconciliables. El adversario político deja de ser alguien con quien discrepar para convertirse en una amenaza existencial. Y así, mientras el público discute acaloradamente sobre trincheras ideológicas, los verdaderos responsables esperan que el ruido tape el sonido de las esposas.
Muchos evocan entonces los fantasmas de la II República. La historia, sin embargo, rara vez se repite exactamente igual. Las circunstancias son distintas, la sociedad es otra y los desafíos tienen nuevas formas. Pero sí existe una constante inquietante, la de cuando el poder utiliza la confrontación para ocultar sus propios errores, la convivencia democrática siempre sale perjudicada.
Immanuel Kant dejó una reflexión que sigue teniendo plena vigencia: «Si castigas a un niño por ser malo y lo premias por ser bueno, hará lo correcto solo por la recompensa». Es decir, obedecerá, pero no comprenderá.
Quizá ahí resida uno de nuestros grandes problemas colectivos. Hemos confundido la ética con la conveniencia. La integridad con el cálculo. La responsabilidad con la estrategia de comunicación. Y cuando las consecuencias de los actos desaparecen o dependen únicamente del interés partidista, algunos terminan creyendo que la impunidad es un derecho adquirido.
Sin embargo, hay una ley que ningún gabinete de propaganda ha conseguido derogar: por la boca muere el pez. Y también por las grabaciones, los mensajes reenviados, las agendas olvidadas y los audios que iban a permanecer eternamente guardados en un cajón.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 17/06/2026

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