Hay refranes que resumen mejor la actualidad internacional que cien tomos de geopolítica. Y el de hoy viene como anillo al dedo: «Que si quieres arroz, Catalina». Porque mientras medio planeta daba por cerrado el capítulo bélico y celebraba la reapertura del estrecho de Ormuz como quien inaugura una nueva temporada turística, resulta que algunos protagonistas han decidido que el guion todavía necesitaba unas cuantas explosiones más.
El primero en descubrirlo ha sido Donald Trump, que llevaba días sacando pecho con un alto el fuego presentado como si hubiera resuelto él solo todos los conflictos de Oriente Medio entre desayuno y partida de golf. El problema es que la realidad tiene la mala costumbre de no leer los comunicados oficiales.
Cuando Trump ya se veía recogiendo aplausos y adjudicándose la medalla de pacificador universal, Netanyahu ha debido pensar aquello de que las treguas están muy bien… siempre que las firmen otros. Y así, mientras el presidente estadounidense vendía estabilidad, los bombardeos continuaban dejando la misma sensación que cuando un electricista te asegura que la avería está arreglada justo antes de que salten los plomos.
La escena resulta entrañable. Trump proclamando el éxito de la paz y Netanyahu actuando como ese socio que firma el acuerdo de comunidad y al día siguiente aparece con el martillo derribando tabiques porque todavía no había terminado.
Mientras tanto, los mercados observan el espectáculo con la misma tranquilidad que una cabra en una fábrica de petardos. Porque el estrecho de Ormuz no es precisamente una carretera secundaria. Por allí circula una parte esencial del petróleo mundial y cualquier sobresalto hace que los precios del combustible empiecen a estirarse más rápido que las promesas electorales en campaña.
Lo más curioso es que el supuesto acuerdo favorecía claramente a Irán, al menos según muchos analistas. Pero ni siquiera eso ha servido para consolidar la paz. Lo cual demuestra una vieja ley de la política internacional: cuando todos creen haber ganado, probablemente nadie ha terminado la partida.
Y así seguimos, contemplando una diplomacia moderna que se parece cada vez más a una reunión de vecinos donde todos anuncian acuerdos históricos mientras continúan lanzándose las macetas por el patio interior.
Al final, el ciudadano de a pie asiste al espectáculo intentando entender quién manda realmente.
Porque una cosa es anunciar un alto el fuego y otra muy distinta conseguir que alguien deje de disparar. Lo primero requiere una rueda de prensa; lo segundo, bastante más trabajo.
Pero no desesperemos. Seguro que mañana aparecerá otro comunicado proclamando que la paz es firme, definitiva e irreversible. Y pasado mañana, si los misiles vuelven a sonar, siempre podremos recurrir nuevamente a la sabiduría popular.
Porque en Oriente Medio, como en tantas otras partes del mundo, parece que seguimos instalados en el eterno:
«Que si quieres arroz, Catalina».
Salva Cerezo