Dicen los expertos que la gota malaya era una de las torturas más eficaces jamás inventadas. No hacía falta un látigo, ni una mazmorra húmeda, ni un verdugo con capucha. Bastaba una gota de agua cayendo siempre en el mismo lugar hasta convertir la paciencia en un deporte de riesgo.
Y estos días, la gota cae con la precisión de un reloj suizo sobre las sienes del independentismo patrio.
España, esa anomalía histórica que algunos llevan décadas intentando desmontar a golpe de subvención, ha cometido la osadía de llegar a una final mundialista. Y, para colmo, la disputará contra Argentina. Es decir, que pase lo que pase, la final hablará español. No es una conspiración de Netflix ni una nueva operación de las cloacas del Estado; es simplemente la realidad haciendo horas extras.
Imaginen la escena. En Waterloo, Carles Puigdemont contempla el televisor mientras espera que el Tribunal Constitucional, ese que, según media España, ya viene con el manual de instrucciones redactado desde Moncloa, le permita regresar triunfalmente. Sus más fervientes seguidores sueñan con verle cruzar la frontera como Napoleón regresando de Elba, aunque con menos ejército y más abogados.
—¡President, vuelva usted!, claman algunos. ¡Cataluña le necesita para declarar la independencia!
Lo extraordinario es que llevan diez años esperando la república catalana y todavía no han conseguido ni una selección propia en la FIFA. La República Independiente de IKEA tiene más posibilidades de reconocimiento internacional.
Mientras tanto, en los balcones de media España cuelgan banderas rojigualdas; en los bares se discuten alineaciones; en las oficinas se posponen reuniones por culpa de un penalti, y hasta el vecino que juró no volver a ver fútbol desde la eliminación de Luis Enrique se ha comprado una
camiseta.
La gota cae.
España. España. España.
Y vuelve a caer.
España en la final.
Y otra vez.
«¿Has visto el gol?»
Para un independentista convencido, escuchar durante semanas a cuarenta y ocho millones de personas hablando del combinado nacional debe parecerse bastante a vivir dentro de un altavoz patrocinado por la selección.
Lo mismo sucede en ciertos rincones del País Vasco, donde algunos descubren con estupor que la camiseta roja tiene una extraña capacidad para unir a personas que no se ponen de acuerdo ni sobre cómo debe prepararse una tortilla de patatas.
Resulta incómodo admitir que el deporte consigue en noventa minutos lo que nuestros políticos no han logrado en cuarenta años: recordar que existen emociones compartidas. Porque uno puede discutir sobre impuestos, amnistías, referendos o modelos territoriales, pero es difícil mantener una revolución pendiente cuando el delantero marca en el minuto noventa y todo el bar acaba abrazándose.
La gota sigue cayendo.
Quizá por eso esta final tenga algo de justicia poética. Mientras unos esperan sentencias favorables, otros esperan el pitido inicial. Mientras algunos continúan buscando fronteras, millones de personas celebran aquello que no necesita aduanas: una lengua común, una historia compartida y la absurda costumbre de sufrir delante de un televisor.
Séneca, que tenía la mala costumbre de acertar demasiado, dejó escrito: «Si de verdad quieres escapar de las cosas que te acosan, lo que necesitas no es estar en un lugar diferente, sino ser una persona diferente».
Tal vez ahí resida el verdadero problema. Porque puedes marcharte a Waterloo, cambiar de bandera o prometer una república cada dos legislaturas. Pero hay una cosa de la que resulta extraordinariamente difícil escapar: de una final del Mundial en la que, inevitablemente, se hablará español.
Y esa, queridos lectores, es una gota malaya que no entiende de fronteras.
Salva Cerezo