Dice el refrán que pasarlas moradas es atravesar una situación al límite de la resistencia. Y no es extraño, porque el morado es el color de la Pasión, del sufrimiento y de la penitencia. Será por eso que algunos partidos políticos parecen haberle cogido tanto cariño.
Porque si hay algo que en España empieza a tener color morado es la vivienda.
El artículo 47 de la Constitución reconoce el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. El problema es que entre reconocer un derecho y poder ejercerlo hay una distancia que, últimamente, parece más larga que una hipoteca.
El caso de Maricarmen, 87 años, con sus matices, resulta especialmente doloroso con más de siete décadas viviendo en la misma casa y, finalmente, ayer salió de ella después de varios intentos de desahucio. El alquiler que se le exigía resultaba inasumible para su pensión.
Mientras tanto, la vivienda sigue subiendo de precio, en el segundo trimestre de 2026 alcanzó en España un nuevo máximo de 2.355 euros por metro cuadrado, un 12,5 % más que un año antes.
Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿de qué sirve proclamar un derecho si una anciana puede terminar en la calle después de haber vivido toda una vida bajo el mismo techo?
Quizá nuestros políticos deberían probar alguna vez a pasarlas moradas de verdad, y buscar un piso cobrando una pensión, pagar un alquiler y descubrir que el derecho constitucional no siempre cabe en la nómina.
Porque para aprobar leyes hacen falta mayorías.
Pero para tener una casa, a veces parece que hace falta un milagro.
Y como dijo Félix Rodríguez de la Fuente:
«La cultura tecnológica está obligando al hombre a vivir en cárceles confortables, en inmensos laberintos sin horizontes, hechos de cemento, hierro y cristal».
El problema es que cada día son más confortables para unos… y más inaccesibles para otros.
Salva cerezo