Hay expresiones que parecen inventadas para describir la política española. Y «repartir estopa» es una de ellas.
Según una de las teorías sobre su origen, la estopa se utilizaba en los antiguos cañones para compactar la carga antes de disparar. O sea, que primero se metía la pólvora, después la estopa y, finalmente, ¡boom!.
Otra teoría habla de los carpinteros de ribera, que rellenaban las juntas de los barcos a golpe de estopa.
Sea cual sea su origen, el significado moderno está bastante claro, con dar y recibir a diestro y siniestro.
Y en eso nuestra política parece haberse doctorado.
España lleva años convertida en una gigantesca fábrica de estopa. Se dispara contra el adversario, contra los jueces, contra la prensa, contra la UCO, contra el Congreso, contra quien discrepa y, últimamente, hasta contra quien se atreve a preguntar.
La polarización ya no parece un efecto colateral de la política, sino que se ha convertido en parte del negocio.
Porque cuando el debate se transforma en una guerra de trincheras, ya no importa tanto resolver los problemas como conseguir que los tuyos estén convencidos de que los malos son siempre los otros.
Y así llevamos años.
La estrategia es sencilla, si tienes un problema, busca un enemigo. Si tienes una investigación judicial, habla de persecución. Si la UCO llama a la puerta, denuncia una conspiración. Si el Congreso no aprueba lo que quieres, acusa a la oposición de bloquear al Gobierno. Y si un periodista investiga demasiado, siempre queda el recurso de poner en duda sus intenciones.
Mientras tanto, la estopa sigue entrando en el cañón.
Ahora aparece además el asunto de Begoña Gómez. Se ha especulado con la posibilidad de incorporarla a una candidatura electoral para obtener aforamiento, pero a día de hoy eso no consta como una decisión adoptada; las listas socialistas tienen todavía pendiente su ratificación.
Y aquí conviene separar el hecho de la sospecha, si alguna vez se hiciera algo así y su finalidad fuera realmente sustraer un procedimiento al cauce que le corresponde, la pregunta sería inevitable: ¿desde cuándo el aforamiento se utiliza como paraguas familiar?
De momento, lo cierto es que Begoña Gómez está llamada a ser juzgada por un jurado popular por presuntos delitos de tráfico de influencias y malversación.
Y mientras tanto, el caso Leire Díez añade más pólvora al ambiente. La Fiscalía Anticorrupción considera que existen indicios que justifican investigar al PSOE por presuntos delitos de cohecho y tráfico de influencias, aunque entiende que todavía es prematuro imputar al partido.
También la jueza Beatriz Biedma ha relatado ante la Audiencia Nacional las situaciones de angustia y los supuestos seguimientos que habría sufrido, aunque ella misma ha señalado que desconoce si Leire Díez estaba detrás de ellos.
Es decir, hay investigaciones, hay indicios y hay acusaciones. Pero todavía no hay sentencias que permitan convertir sospechas en condenas, aunque hay demasiados afluentes convergiendo en el mismo río.
Y esa diferencia, precisamente, es la que algunos parecen empeñados en borrar.
Porque la presunción de inocencia debería servir para todos, para el político, para el juez, para el periodista y para el ciudadano de a pie.
El problema es que hemos llegado a un punto en el que cada bando fabrica su propia realidad y después selecciona las pruebas que mejor le encajan.
Unos ven corrupción en todo.
Otros ven persecución en todo.
Unos disparan con la UCO.
Otros responden con la «fachosfera».
Unos sacan los tribunales.
Otros sacan las manifestaciones.
Y en medio, el ciudadano contempla el espectáculo preguntándose qué demonios ha pasado con aquello tan antiguo de gobernar para todos.
Quizá esa sea la verdadera guerra civil de nuestros días, no una guerra con fusiles, sino una guerra de relatos escrita por el mejor guionista de las psicópatas series turcas.
Una guerra en la que no hace falta matar al adversario, basta con convertirlo en enemigo.
Y así, mientras unos reparten estopa, otros fabrican más estopa para devolverla.
Hasta que un día descubramos que llevamos tanto tiempo disparándonos los unos contra los otros que hemos olvidado que el país que estábamos defendiendo era el mismo para todos.
Y entonces quizá entendamos que la política no debería consistir en averiguar quién tiene más pólvora.
Porque cuando todos se dedican a repartir estopa…
lo único que acaba ardiendo es el barco.
Salva Cerezo