Hay situaciones de las que resulta complicado salir sin acabar con una bola atada al tobillo. De ahí viene esta expresión, relacionada con los antiguos traslados de presos por ferrocarril. Cuando a los guardias civiles les tocaba un traslado largo, ya sabían que les habían metido en un buen embolado.
Pero en política hay embolados todavía más difíciles de gestionar, justo aquellos en los que uno acaba metido por sus propias decisiones.
Y Pedro Sánchez parece tener uno delante.
Con las elecciones generales del 29 de noviembre ya en el horizonte, los candidatos se lanzan a la conquista del voto y, especialmente, de los jóvenes. Porque todos saben que las nuevas generaciones no se conforman necesariamente con el mitin de toda la vida, la entrevista pactada o el discurso cuidadosamente preparado por una docena de asesores.
En ese escenario aparece Jordi Wild, uno de los grandes nombres de YouTube, con una propuesta tan sencilla como incómoda: sentar ante sus micrófonos a los principales candidatos, sin preguntas conocidas de antemano y con una condición muy democrática, o vienen todos o no viene ninguno.
Feijóo ha aceptado. Abascal también. Ambos están dispuestos a someterse al formato, aunque eso no significa que las entrevistas vayan a resultarles un paseo militar.
¿Y Sánchez? Pues, a día de hoy, su respuesta sigue sin llegar públicamente.
¡Vaya por Dios! Tanto hablar de conectar con los jóvenes, de modernizar la política y de entender los nuevos canales de comunicación, y cuando se presenta la oportunidad de conversar ante una audiencia que no depende de las tertulias tradicionales, el presidente se encuentra ante una papeleta bastante menos cómoda que un mitin con aplausos programados o entrevistas enbalsamadas.
Porque una cosa es dirigirse a los jóvenes desde un escenario y otra muy distinta sentarse delante de ellos sin conocer las preguntas, sin controlar cada titular y sin disponer de una respuesta prefabricada para cada imprevisto.
No se trata de que aceptar una entrevista sea una prueba de valentía ni de que rechazarla demuestre cobardía. Cada candidato puede elegir sus escenarios. Pero quien pretende gobernar un país debería explicar por qué considera oportuno acudir a unos micrófonos y no a otros, es una cuestión de transparencia.
El problema no es tener preguntas incómodas; el problema es pretender que los ciudadanos solo hagan las preguntas convenientes y de esas tiene muchas sombras este gobierno.
Y aquí es donde el embolado empieza a adquirir dimensiones considerables. Si Feijóo y Abascal mantienen su aceptación y Sánchez no se suma, la imagen que puede quedar es bastante menos favorable para quien aspira a convencer a los jóvenes de que su proyecto representa el futuro.
Claro que siempre quedará el recurso de explicar que el presidente tiene una agenda muy apretada. En Moncloa, al parecer, el tiempo es oro; aunque, cuando se trata de pedir el voto, hasta el último minuto de cualquier campaña parece tener una rentabilidad extraordinaria.
Entretanto, la precampaña sigue su curso, los partidos preparan sus estrategias y los ciudadanos continúan con sus propios embolados: la vivienda imposible, los alquileres por las nubes, los salarios que no alcanzan y la incertidumbre de quienes descubren que emanciparse se ha convertido en una aventura para bolsillos privilegiados.
Esos sí que son embolados de verdad. Y no se resuelven con un pódcast, por supuesto, sino con políticas eficaces y resultados que puedan comprobarse.
Pero las entrevistas también importan. Permiten contrastar discursos, descubrir contradicciones y comprobar si detrás de la propaganda hay argumentos. Y eso debería interesar a cualquier político que confíe en sus propias ideas.
Al final, la política tiene una curiosa paradoja: todos quieren hacerse una foto con los jóvenes, pero no todos parecen igualmente dispuestos a sentarse a escuchar sus preguntas.
Y si encima resulta que son otros los que aceptan el reto, el retrato puede salir bastante movido.
Porque meterse en un embolado es complicado; pero meterse en él intentando conquistar a quienes pueden retratarte sin necesidad de pedir permiso es otra historia.
Y hablando de fotos, recordemos aquella incómoda escena familiar: cuando todos se colocan para salir guapos y, de pronto, te piden que seas tú quien haga la fotografía.
No apareces en la imagen, pero has contribuido a que los demás salgan estupendos.
En política también ocurre. Algunos quieren salir en todas las fotos; otros aceptan ponerse delante de la cámara. Y alguno corre el riesgo de quedarse fuera justo cuando más le interesa aparecer.
Moraleja: si quieres conquistar a los jóvenes, no basta con hablar de ellos. De vez en cuando conviene sentarse delante de ellos, dejar el guion en casa y responder a lo que te pregunten.
Porque cuando uno se empeña en controlar hasta las preguntas, corre el riesgo de que la pregunta que termine haciéndose todo el mundo sea precisamente esta:
¿Y a qué le tiene miedo?
Salva Cerezo

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Última Actualización: 11/10/2026

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