Mucho ruido con la bandera y demasiados complejos con la historia
Hay países que celebran su fiesta nacional con orgullo, otros con desfiles y algunos con discursos interminables. En España hemos conseguido una modalidad mucho más original, celebrar lo que nos une mientras discutimos acaloradamente sobre si tenemos derecho a sentirnos unidos.
¡Somos así de nuestros!
Cada 12 de octubre conmemoramos una fecha que cambió la historia: en 1492, la expedición de Cristóbal Colón llegó a América y comenzó una relación entre dos mundos que, con sus luces y sus sombras, terminaría configurando una comunidad de pueblos unidos por la lengua, la cultura y una parte importante de sus raíces.
Una historia compleja, como todas las historias humanas. Hubo intercambios, mestizaje, evangelización, conocimientos compartidos, pero también conquista, abusos y sufrimiento. Negar cualquiera de esas realidades sería tan absurdo como pretender que cinco siglos caben en un eslogan de pancarta.
Pero aquí somos especialistas en simplificar lo complicado y complicar lo sencillo.
Mientras millones de personas hablan español a ambos lados del Atlántico, algunos parecen empeñados en convertir nuestra lengua común en una especie de accidente histórico del que debiéramos pedir disculpas. Como si Cervantes necesitara un abogado defensor y el diccionario estuviera pendiente de una comisión de investigación.
Y mientras nuestros hermanos iberoamericanos comparten con nosotros palabras, apellidos, música, tradiciones y afectos, hay quien prefiere levantar fronteras sentimentales y repartir certificados de pureza histórica. ¡Qué manía con buscar motivos para separarnos cuando tenemos tantos motivos para entendernos!
Por supuesto, podemos revisar nuestro pasado sin complejos, reconocer injusticias y estudiar los hechos sin maquillajes. Lo que no tiene sentido es sustituir la historia por un tribunal ideológico en el que los vivos dictan sentencia sobre los muertos y, de paso, se conceden a sí mismos el título de jueces universales.
La historia no necesita que la santifiquemos, pero tampoco que la condenemos en bloque para quedar bien con los prejuicios del presente.
Y llegamos a España, ese país capaz de convertir una bandera en un problema de convivencia.
Durante demasiado tiempo, exhibir la enseña nacional ha provocado suspicacias en determinados ambientes, como si el rojo y el amarillo llevaran incorporado un carné de afiliación política. Un disparate que ha permitido a algunos apropiarse del patriotismo y a otros renunciar a él por no compartir determinadas ideologías.
La bandera constitucional no pertenece a ningún partido, ni a ningún caudillo, ni a quienes se envuelven en ella para ocultar sus vergüenzas. Pertenece a los españoles, incluidos los que no piensan como nosotros, porque precisamente de eso va convivir en democracia.
Y conviene recordar que sus colores tienen una historia anterior a nuestras disputas contemporáneas, Carlos III adoptó en 1785 el diseño rojigualdo para la Marina española, buscando una enseña fácilmente reconocible en el mar. No hizo falta ninguna conspiración ni ningún mitin para elegirla. Bastó con una decisión práctica de la Corona.
¡Quién nos iba a decir que, siglos después, necesitaríamos tantas explicaciones para algo tan elemental!
Este año, además, la celebración llega acompañada de una crisis de invasión en Ceuta, de la amenaza de una huelga general y de un panorama político que parece diseñado por un guionista empeñado en superar cada semana el capítulo anterior. Con la sociedad cada vez más enfrentada, las descalificaciones convertidas en argumento y los intereses partidistas disfrazados de principios innegociables, celebrar aquello que compartimos parece casi un acto de rebeldía.
Y no olvidemos la paradoja de algunos políticos que invocan constantemente la convivencia mientras se alimentan de la confrontación; otros se proclaman defensores de España como si les hubieran reservado la exclusiva de su propiedad. Unos fragmentan el sentimiento común y otros pretenden administrarlo en régimen de monopolio.
Entretanto, el ciudadano de a pie continúa pagando impuestos, haciendo equilibrios con la vivienda, mirando la factura de la compra y preguntándose cuándo dejarán de utilizarlo como figurante en una representación cuyo reparto siempre cobra más que el público.
Porque una nación no se mantiene unida a base de discursos grandilocuentes ni de exhibiciones de banderas. Se fortalece cuando sus ciudadanos tienen oportunidades, sus instituciones funcionan, sus leyes se respetan y quienes gobiernan entienden que el poder es una responsabilidad, no un patrimonio particular.
El 12 de octubre coincide también con la festividad de la Virgen del Pilar, patrona de Zaragoza y de la Guardia Civil. Una fecha en la que muchos españoles expresan su afecto por una institución que presta servicio público, con sus profesionales expuestos a riesgos y sacrificios que merecen reconocimiento.
Y a quienes celebran esta jornada desde Iberoamérica, mi abrazo más sincero. Compartimos una lengua que nos permite entendernos, una historia que podemos analizar sin rencores heredados y una cultura que ha cruzado océanos en ambas direcciones. No hace falta pensar igual en todo para reconocernos como pueblos hermanos.
En definitiva, no se trata de presumir de un pasado perfecto, porque semejante pasado no existe, sino de asumirlo con madurez, aprender de sus errores y valorar lo que hemos construido juntos.
Que nadie tenga que pedir permiso para sentirse español, del mismo modo que nadie debería ser señalado por vivir su identidad de otra manera. El patriotismo no debería ser una imposición ni una provocación, sino el compromiso de mejorar el país que compartimos.
Así que feliz Día de la Fiesta Nacional, feliz Pilar para los maños y para todas las Pilares, y mi reconocimiento a la Guardia Civil y a cuantos trabajan por el bien común.
Y una última reflexión para quienes viven obsesionados con dividirnos: si después de más de cinco siglos seguimos entendiéndonos a ambos lados del Atlántico, quizá el problema no sea todo lo que nos une, sino el negocio que algunos han encontrado en mantenernos enfrentados.
¡Feliz 12 de octubre! Y que la próxima vez que saquemos una bandera sea para celebrar lo que compartimos, no para medir quién se considera más español que el vecino.
Que para eso ya tenemos suficientes políticos repartiendo carnés de buenos y malos ciudadanos.
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 12/10/2026

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