Antiguamente, poner en tela de juicio tenía resonancias guerreras ya que los torneos medievales servían para dirimir disputas, aunque hoy algunos sigan convencidos de que discutir es un deporte olímpico. De ahí aquella maldición gitana: «En juicios te veas y los ganes». Una auténtica condena, incluso para quien tenga razón.
Pero hay asuntos que no necesitan torneos, sino respuestas. Por ejemplo, nuestras pensiones. Con unos diez millones de pensionistas, una natalidad insuficiente y un horizonte demográfico cada vez más complicado, alguien tendrá que explicar cómo se sostendrá el sistema en las próximas décadas. Porque prometer tranquilidad mientras se aplazan las reformas es como tapar una gotera pintando el techo.
Y luego está la hipocresía política. Mientras algunos predican una cruzada contra los grandes tenedores y los desahucios, determinadas informaciones sobre patrimonios inmobiliarios de familiares de políticos e incluso Muface cuentan con casos de desalojo relacionados con figuras del entorno político vuelven a poner en tela de juicio la coherencia de sus discursos.
La defensa de los vulnerables queda muy bonita en los mítines; lo complicado es practicarla cuando puede salpicar a los propios. Que le pregunten a Montse Minguez o Oscar López, grandes voceros en la campaña.
Al final, el problema no es ponerlo todo en tela de juicio, sino decidir quién puede hacerlo sin que lo acusen de hereje. Porque quienes hoy exigen explicaciones quizá mañana prefieran que nadie pregunte.
Como dice el proverbio: «Hasta que el león aprenda a hablar, la historia de la caza siempre glorificará al cazador».
Y en política, amigos, sobran cazadores que escriben la historia y faltan leones con micrófono.
Porque cuestionar al poder no es desconfiar de todo, es recordar que ningún gobernante debería estar por encima de las preguntas, ni ningún ciudadano por debajo de las respuestas.
Salva Cerezo