Dicen que la famosa expresión nació en Candelario, allá por comienzos del siglo XIX, cuando un perrito tuvo la desgracia, o la suerte, de acabar atado a una mesa con una ristra de longanizas.
El animal, probablemente, jamás volvió a quejarse de la falta de recursos.
Desde entonces, “atar los perros con longaniza” se utiliza para describir esos tiempos de abundancia extraordinaria en los que parece que el dinero crece en los árboles… o, en nuestro caso, directamente en la declaración de la renta.
Y aquí es donde el refrán se vuelve de rabiosa actualidad.
Porque mientras los precios siguen dando pequeños mordiscos a nuestros bolsillos, el Estado parece haber encontrado una solución magistral, si falta dinero, se recauda más.
Así, cuando desaparecen determinadas bonificaciones sobre la luz y los combustibles, los precios suben cuatro décimas. Nada dramático, por supuesto. Son solamente unas décimas… de esas que, multiplicadas por millones de ciudadanos, terminan convirtiéndose en miles de millones para las arcas públicas.
Y entonces uno empieza a sospechar que quizá los perros no estén atados con longaniza.
Quizá somos nosotros los que estamos atados a la longaniza.
Porque cuando la recaudación aumenta en miles de millones mientras al ciudadano se le explica que hay que apretarse el cinturón, uno no sabe si está viviendo en una economía seria o en una versión moderna de Candelario.
Eso sí, conviene distinguir entre administrar un país y administrar una carnicería.
En una carnicería sabes dónde están los chorizos.
En política, a veces cuesta bastante más.
Y aquí aparece otra frase que debería estar escrita en letras grandes en cualquier despacho gubernamental:
Un barco no se puede dirigir desde tierra y mucho menos desde La Mareta.
Puedes tener mapas, asesores, estadísticas, discursos y hasta una colección de magníficos timones decorativos. Pero si no estás a bordo, corres el riesgo de no enterarte de que la tripulación está mojada y los pasajeros empiezan a marearse.
Porque una cosa es hablar de inflación, crecimiento y recaudación desde un despacho climatizado…
Y otra muy distinta es llenar el depósito, pagar la luz, hacer la compra y comprobar que el sueldo llega cada vez más justito a final de mes.
Al final, quizá el problema no sea que algunos quieran atar los perros con longaniza.
El problema es que, mientras unos atan al perro con el embutido, otros están haciendo la cuenta de cuánto cuesta la cuerda.
Y como decía aquel viejo refrán, los niños y los borrachos siempre dicen la verdad.
A los políticos habría que añadirles una tercera categoría:
los ciudadanos cuando llega la factura.
Ahí no hay discurso que valga.
Salva Cerezo