Mientras en el Congreso de los Diputados las propuestas del Gobierno hacen más ruido al caer al suelo que al entrar por la puerta, Pedro Sánchez ha decidido que lo mejor para España… es salir de ella.
Y no a cualquier sitio, no. Nuestro presidente, con la brújula moral bien orientada al sur, ha emprendido un viaje tropical por Latinoamérica, abrazando con entusiasmo a los más ilustres representantes de la izquierda caribeña, bolivariana y, por qué no decirlo, autoritaria. Nada mejor para un baño de masas que rodearse de mandatarios que llevan años evitando los baños… de urnas.
Mientras tanto, en la Cámara Baja, sus propuestas sufren un misterioso fenómeno de evaporación parlamentaria. Nadie las apoya, ni siquiera algunos de los que ayer se sacaban selfies con el Falcon de fondo. La reducción de jornada laboral duerme el sueño de los justos. La ley de amnistía se queda sin gasolina. La ley del suelo, directamente, se hunde como terreno urbanizable en zona pantanosa.
Pero a Pedro no parece preocuparle. Allá, en tierras lejanas, recibe aplausos por hablar del “futuro progresista”, mientras aquí el presente se cae a trozos. Da discursos sobre justicia social junto a líderes que llevan décadas controlando hasta la justicia… y la sociedad. Es el nuevo modelo de diplomacia: si no puedes convencer a los tuyos, vete a convencer a otros… aunque no voten en tu país.
La oposición, perpleja, se pregunta si el presidente se ha dado cuenta de que gobierna en España, y no en la República Bolivariana del Relato. Sus socios, cada día más exigentes, ya ni disimulan: saben que Sánchez necesita más apoyos que nunca, y le pasan la factura… en letra pequeña y con intereses.
P
ero él, sonriente, se pasea entre palmeras, banderas con soles y discursos en los que proclama que la democracia está en peligro… pero solo si gobiernan otros.
Y así seguimos, con un país bloqueado en las instituciones, pero desbloqueado en el canal internacional. Porque aunque no salgan adelante leyes para mejorar la vida de los españoles, al menos siempre quedará una cumbre con Ortega, Maduro o Lula para levantar el ánimo y seguir diciendo que todo va bien.
Eso sí, mientras el presidente se da un baño de multitudes… en España, la realidad nos salpica a todos los demás.
Salva Cerezo