Al anochecer
la música no se escucha,
se respira.
Es cuando el día
baja el volumen,
las luces se vuelven doradas
y el alma aprovecha
para cantar bajito.
Cada nota flota
entre el cielo y la tierra,
se mezcla con el viento
y con los recuerdos.
Y por un momento
todo duele menos,
todo pesa menos
y el corazón entiende,
que incluso en el final del día
hay belleza
que merece ser cantada.
Feliz descanso y mucho ánimo.