Esta expresión describe a quien sale derrotado de una confrontación, como esos perros que, con el rabo entre las patas, reconocen que la cosa se ha puesto fea. En política, sin embargo, hay quien confunde la retirada con una pausa estratégica.
Pedro Sánchez ha vivido su particular viernes de perros en el Congreso, donde Junts, PP y Vox tumbaron sus dos decretos de vivienda. Dos derrotas consecutivas que dejaron al Gobierno compuesto y sin mayoría, pese a los llamamientos de última hora del presidente. 178 votos en contra del primer decreto y 184 del segundo.
Ni las súplicas ni los equilibrios parlamentarios obraron el milagro. «Y el resultado, por cierto, lo pagarán también quienes esperaban alguna protección frente a los desahucios.»
Tanto negociar con Waterloo, incluyendo el envío de Otegui cono embajador, tanto estirar la cuerda y tanto depender de socios que cobran cada favor a precio de oro para acabar descubriendo que los apoyos parlamentarios no son una ONG.
Junts ha demostrado que, cuando sus intereses y los del Gobierno dejan de coincidir, la lealtad tiene fecha de caducidad.
Ahora Sánchez se toma el fin de semana para reflexionar sobre un posible adelanto electoral. ¡Qué detalle!, ¡Qué cara más dura! Después de años haciendo encaje de bolillos para conservar la Moncloa, resulta que necesita un retiro espiritual para decidir si sigue jugando la partida o cambia el tablero.
¿Elecciones? ¿Nueva negociación? ¿Otra pirueta para ganar tiempo? En política, hasta las derrotas pueden presentarse como oportunidades, siempre que uno controle el relato.
Pero hay algo que no debería perderse entre tanta estrategia, y es que mientras los partidos miden sus fuerzas, los ciudadanos siguen midiendo sus posibilidades de llegar a fin de mes y de encontrar una vivienda que puedan pagar.
Y ahí está el verdadero problema, un país no puede vivir eternamente rehén de los cálculos de sus políticos.
Como escribió Julio Cortázar: «Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo».
Quizá haya llegado la hora de que alguien tenga ese valor. Porque, cuando la política se convierte en una partida interminable para conservar el poder, quienes terminan con el rabo entre las piernas somos siempre los mismos: los ciudadanos.
Salva Cerezo