Hay quien teme a los monstruos. A Frankenstein, por ejemplo. Grande, torpe, incomprendido, con tornillos en el cuello y mirada triste. Pero conviene recordar un detalle que casi siempre se olvida, y es que el verdadero monstruo no era la criatura, sino su creador. El doctor que jugó a ser Dios, creó vida… y salió corriendo cuando aquella vida empezó a pedir explicaciones.
Frankenstein no da miedo por lo que es, sino por lo que representa, el poder creando sin ética y gobernando sin responsabilidad. Un poder que diseña sistemas, moldea sociedades, experimenta con personas como si fueran piezas de laboratorio y, cuando el experimento se descontrola, señala al monstruo y se lava las manos.
Porque eso es exactamente lo que hace el poder a lo largo de la historia. Crea modelos económicos inhumanos, estructuras sociales artificiales, masas dóciles convertidas en engranajes y, ahora, robots e inteligencias artificiales que se retroalimentan y evolucionan solas. Y cuando algo falla, que siempre falla, el culpable nunca es el creador. Es el sistema, la sociedad, el algoritmo, la inmigración, el mercado… El monstruo siempre es otro.
Así hemos ido acumulando doctores Frankenstein con traje, bandera y ego desbordado: Trumps, Putines, Maduros, Pedros Sánchez… y una larga procesión de megalómanos a lo largo de la historia.
Todos cortados por el mismo patrón, con escasa empatía, exceso de poder y una peligrosa convicción de estar por encima de las consecuencias. Alimentan su ego con la sociedad y, cuando esta se resiente, la culpan por no funcionar como esperaban.
La historia, además, es reincidente. En América, por ejemplo, millones de africanos fueron raptados, desarraigados y utilizados como mano de obra para enriquecer a los terratenientes.
Cuando tras la Guerra de Secesión dejaron de ser necesarios, se les concedió una libertad formal… pero se les negó la integración. Libres, sí; iguales, no. El monstruo ya no servía y se le abandonó a su suerte, cargando con un estigma que aún hoy sigue pesando.
Y aquí conviene introducir una matización que incomoda a los fieles de la leyenda negra. No todas las conquistas actuaron del mismo modo ni todos los poderes abandonaron a sus criaturas. La conquista española de América, con sombras evidentes y errores indiscutibles, partía, sin embargo, de una idea profundamente avanzada para su tiempo, el indígena era persona, súbdito de la Corona y, por tanto, integrable. Por indicación de los Reyes Católicos se promovió el mestizaje, la evangelización y la convivencia.
España no levantó reservas humanas ni diseñó sistemas de segregación racial, sino que se mezcló. De aquel proceso nació una sociedad mestiza, compleja e imperfecta, pero reconocida como humana, no como un monstruo desechable.
Hoy el guion vuelve a repetirse, solo que con trajes modernos y discursos bien ensayados. Se necesita inmigración para realizar los trabajos que nadie quiere hacer. Se les utiliza, se les exprime, se les hace imprescindibles… y luego se les señala. Se convierten en el nuevo monstruo: culpables del paro, de la inseguridad, del colapso de los servicios y, si hace falta, hasta del mal humor colectivo. Otra criatura creada por el sistema y convenientemente abandonada cuando deja de resultar cómoda. ¿No sería mejor diseñar mejor la entrada?
El poder crea monstruos porque necesita coartadas. Necesita desviar la atención de su incompetencia, de su codicia y de su absoluta falta de ética. Crear es fácil; asumir responsabilidades, no tanto. Por eso Frankenstein no es una historia de terror, sino un tratado político adelantado a su tiempo.
Y por eso encaja tan bien con El Espejismo del Poder, mi último libro, porque, al final, el problema casi nunca es la sociedad…
el problema es quién la diseña, la manipula y después huye dejando el experimento ardiendo.
Mientras tanto, los verdaderos monstruos, los de siempre, siguen dando ruedas de prensa.
Salva Cerezo