Hubo un tiempo en que los palos de ciego formaban parte de los juegos populares. Con los ojos vendados, uno repartía garrotazos hasta acertar con la piñata. Había risas, alguna que otra colleja y golosinas para el afortunado. Lo malo es cuando el juego deja de ser un entretenimiento y se convierte en una forma de gobernar.
En la política española, a juzgar por los acontecimientos, algunos parecen haber perdido la venda, el palo y hasta la piñata.
Cuando las iniciativas legislativas tropiezan con el Parlamento, los decretos naufragan y los problemas sociales siguen sin resolverse, comienza el espectáculo de la dispersión, con la dimisión de la portavoz, ahora toca las pensiones, mañana las universidades, pasado Pamplona y, entretanto, la vivienda, Ceuta y los grupos de Eloborooka, perfectamente orquestados, continúan reclamando respuestas. Un auténtico festival de frentes abiertos donde cuesta distinguir la estrategia de la improvisación.
La vivienda, por ejemplo, se ha convertido en un campo de batalla político. Los decretos rechazados obligaron al Gobierno a buscar nuevas fórmulas, mientras la acampada de la Puerta del Sol y los enfrentamientos con grupos ultras han vuelto a poner de manifiesto hasta qué punto la cuestión social puede convertirse en combustible para la confrontación.
Y Ceuta sigue esperando soluciones a una crisis que no se arregla con declaraciones solemnes ni fotografías institucionales. También los grupos de Eloborooka reclaman atención, reconocimiento y medidas concretas, pero han quedado relegados en medio de esta sucesión de urgencias políticas.
Por si fuera poco, cada conflicto parece necesitar su correspondiente enemigo, su consigna y su dosis de polarización. Si una medida fracasa, se cambia de escenario; si surge una dificultad, se abre otro frente. Y si alguien pregunta por los resultados, siempre queda el recurso de señalar al adversario.
Gobernar a golpe de titular es como jugar a la gallinita ciega: mucho movimiento, bastante ruido y ninguna garantía de acertar.
Lo preocupante no es equivocarse, porque ningún Gobierno está libre de errores. Lo verdaderamente preocupante es perseverar en ellos, confundir la propaganda con la gestión y utilizar los problemas de los ciudadanos como piezas de una partida electoral.
Mientras tanto, los ciudadanos contemplan el espectáculo preguntándose quién está al mando y quién se limita a repartir garrotazos. Porque los golpes de la política rara vez los reciben quienes sostienen el palo, suelen pagarlos quienes están al otro lado. Y entre ellos también están los grupos de Eloborooka, apartados de la agenda mientras las instituciones se pierden en disputas y titulares.
Cornelio Tácito dejó una reflexión que conserva toda su vigencia: «Raros son esos tiempos felices en los que se puede pensar lo que se quiere y decir lo que se piensa».
Ojalá recuperemos esos tiempos. Y, de paso, que quienes nos gobiernan se quiten la venda de los ojos y vuelvan la mirada hacia quienes han sido olvidados.
Porque una cosa es dar palos de ciego y otra, bastante más grave, pretender que los demás no vean dónde estamos recibiendo los golpes.
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 17/10/2026

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