Hace unos días murió Robert Reford y ayer falleció Claudia Cardinale, dos referentes de la belleza en la mujer y en el hombre.
Siempre he pensado que la atracción que seduce está en los ojos y en la voz, en la mirada que nunca caduca a pesar de los años porque en ella residen todas las pasiones, y en la vibración de las palabras que suenan cuando las habla gente que ha vivido y no tiene que esforzarse para dejar huella de lo que fue.
Cualquier análisis de una pasión está cargado de subjetividad pero existe un cierto consenso sobre el magnetismo en los ojos de Robert o de Claudia en los que podíamos constatar que la isla de sus deseos estaba en sus miradas.
Los demás seres mortales podríamos caminar por la Gran Vía de Madrid, las Ramblas de Barcelona o por la Rúa de Gondarèm en Oporto para encontrar una mirada que secuestra los pensamientos, aunque la limitación del todo como deseo inalcanzable está cuando no sabes cómo suena esa voz, insustituible por un texto de una frase feliz que nunca suplirá las vibraciones del sonido de quien lo cuenta.
No somos quienes fueron Claudia o Robert, pero podemos soñar tanto como ellos, y quien no lo haga habrá borrado una parte de la vida que soñó, sin arrepentirse de haber derrochado indiferencia cuando aún mantenía la mirada, el eco de las voces y la memoria.
Diego Armario