Debe de ser un arte, sin duda. No todos logran hacer de la fechoría un modo de vida y encima salir reforzados. En la Moncloa parece haberse instalado una escuela de normalización del escándalo, donde la consigna principal es sencilla, si un día tienes un problema, crea dos nuevos y el primero quedará olvidado.
El manual del inquilino es digno de estudio en las universidades del cinismo. Cuando uno cree que ya no puede sorprenderse más, ahí aparece un nuevo caso, una nueva trama, una nueva “casualidad” —como él las llama— que, lejos de hundirle, le catapulta a los titulares, lo mantiene fresco en la conversación y, por extraño que parezca, hasta le da popularidad. Porque, claro, si se habla de ti todos los días, algo bueno tendrás, ¿no?
En política moderna, el escándalo ya no se paga, se recicla. Antes, un caso como el de Sarkozy bastaba para derribar a un presidente. Hoy, en España, los casos se coleccionan como cromos. El truco está en no dejar respirar al ciudadano; cuando empieza a indignarse por uno, ya le ha caído encima el siguiente. Y así, entre sobresaltos, el pueblo se acostumbra al disparate como quien se acostumbra al calor del verano con resignación y abanico en mano.
Lo mismo ha pasado con Putin y su invasión. El primer misil horrorizó al mundo; el número cien mil apenas ocupa unos segundos en los informativos. El horror, repetido a diario, se vuelve costumbre. Y así, la injusticia se convierte en paisaje, la mentira en discurso y el abuso en rutina.
Ya lo decía un viejo refrán: “quien roba un huevo va a la cárcel, quien roba un país es presidente”. Y si además tiene buena oratoria, se permite dar lecciones de democracia mientras desmonta sus cimientos.
En fin, el arte de las fechorías continuadas ha llegado a su máximo esplendor. El truco no es limpiar el barro, sino llenar el estanque hasta que nadie recuerde dónde empezó la suciedad. Y mientras tanto, el ilusionista de la Moncloa sonríe, convencido de que su espectáculo todavía tiene público.
Salva Cerezo