Dicen que la memoria es el tesoro de los sabios, pero también parece ser el chaleco salvavidas de algunos políticos cuando las aguas judiciales se ponen revueltas. Y si no, que se lo pregunten a José Luis Rodríguez Zapatero, que en su declaración judicial ha demostrado que existe una variante política del famoso «no sabe, no contesta».
La escena merecía una adaptación cinematográfica. Allí estaba el expresidente, compareciendo como testigo, dispuesto a colaborar con la Justicia… siempre que la colaboración no exigiera recordar demasiadas cosas. Porque recordar, lo que se dice recordar, recordó más bien poco.
Resulta fascinante comprobar cómo algunas personas son capaces de rememorar con precisión una reunión internacional celebrada hace veinte años, una cumbre europea o una anécdota diplomática en cualquier rincón del planeta, pero de repente sufren una niebla mental digna de estudio cuando las preguntas se acercan a determinadas amistades, determinados negocios o determinados intermediarios.
La amnesia selectiva se está convirtiendo en una de las enfermedades más extendidas de la política española. No distingue ideologías ni territorios. Sus síntomas son claros: el afectado reconoce haber coincidido, haber saludado, haber compartido actos o incluso fotografías con determinadas personas, pero cuando se le pregunta por asuntos concretos, la memoria se evapora con la misma rapidez con la que desaparecen los cubitos de hielo en agosto.
Sin embargo, la parte más curiosa del episodio no fue el silencio del testigo, sino el ruido que provocó alrededor. Porque mientras Zapatero se refugiaba en la prudencia, quien acabó recibiendo el impacto fue su amigo Julito Martínez. Al intentar protegerse, dejó a otros expuestos a la intemperie judicial, como quien salta del bote salvavidas llevándose el remo y deja a los demás remando con las manos. El miedo es que tire de la manta para no comerse el marrón solo.
Y es que existe una vieja norma no escrita en política: cuando un dirigente empieza a repetir demasiadas veces que no recuerda nada, alguien cercano suele empezar a recordar demasiado.
El problema de la estrategia del «mudito desmemoriado» es que funciona mientras nadie tenga documentos, grabaciones, mensajes o testimonios que refresquen la memoria colectiva. En cuanto aparecen papeles, correos o agendas, los milagros neuronales se multiplican y las lagunas mentales empiezan a secarse como charcos en pleno verano murciano.
Lo verdaderamente admirable es la evolución científica que estamos presenciando. Durante años se habló de inteligencia artificial. Ahora España lidera un nuevo campo de investigación: la memoria artificial. Consiste en recordar exactamente aquello que conviene recordar y olvidar todo lo demás con una precisión quirúrgica extraordinaria.
Quizá dentro de unos años las facultades de Medicina estudien este fenómeno bajo una nueva denominación clínica: Síndrome del Testigo Oportunamente Desmemoriado. Los pacientes llevan una vida completamente normal hasta que escuchan palabras como «juzgado», «comisión», «contrato», «intermediario» o «amigo». En ese momento sufren una pérdida temporal de recuerdos que desaparece milagrosamente cuando regresan a casa.
Mientras tanto, los ciudadanos contemplan el espectáculo con una mezcla de asombro y resignación. Porque a estas alturas ya saben que en España los problemas no suelen empezar por la corrupción, sino por la memoria. O mejor dicho, por la falta de ella.
Y así seguimos, asistiendo a la representación de una obra que lleva años en cartelera. Los protagonistas cambian, los partidos se alternan, los escándalos evolucionan, pero el guion permanece intacto.
Cuando llegan las preguntas incómodas, aparece siempre el mismo personaje:
el mudito desmemoriado.
Y, curiosamente, nunca le falla la memoria para recordar dónde está la salida.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 18/06/2026

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