Erase que se era, en un reino tan vano que la hermosura era ley y el seso, mera comparsa. Allí reinaba el príncipe Elian, mozo de faz tan apolínea que los villanos, en lugar de clamar por pan o justicia, se contentaban con verle el rostro, que era como un lienzo donde la primavera pintaba sonrisas de nácar.
¡Oh, qué gran consuelo para el hambriento, contemplar dentadura tan lustrosa!
Elian, sabedor de su don, se regodeaba en él como cerdo en lodazal.
Desde zagal, le apodaban “el Príncipe de los Espejos”, pues no había sala en el alcázar sin su relumbre cristalino.
Se miraba al dictar edictos, al cazar venados, al devorar faisanes o al perorar en los medios que él controlaba, donde su verbo era menos escuchado que su cara admirada. Los simples lo tildaban de Narciso con corona; los discretos, en cambio, notaban un leve estremecer en su mirada, como si temiera que el azogue le escupiera verdades en lugar de lisonjas.
Una alborada, aún mozo con la primavera acorde con sus primaveras, un viejo caminante, de esos que parecen saber más de lo que callan, le obsequió un espejo pequeño, ovalado, de marco carcomido y sin ornato. “No refleja la piel, sino el tuétano del alma”, dijo el anciano, y se desvaneció como si fuera sombra de nube.
Elian, con esa risa que tienen los necios cuando se creen agudos, se miró en él. ¡Válgame el cielo! Su reflejo mostraba una mancha grisácea en el pecho, como si un tizón le hubiera lamido el corazón.
Quiso arrojarlo al río, mas no pudo. Lo guardó en secreto, consultándolo a solas, como quien interroga a un oráculo o a un verdugo. Y cada día, la mancha crecía, como la sombra de un pecado que no se confiesa.
Cuando mandó cortar la lengua a un poeta —pobre diablo que osó compararlo con un lirio mustio—, lo hizo con la misma sonrisa que encandilaba a las masas. Pero esa noche, en el espejo maldito, un surco oscuro le cruzaba la mejilla, como si el azogue le dibujara la bilis.
Más tarde, cuando desterró a los niños enfermos de los arrabales —pues su fealdad, según él, ofendía la estética del reino—, su reflejo empezó a torcerse: un ojo se achicaba, el otro ardía como brasa. ¡Oh, qué galante príncipe, que limpiaba su reino de miserias para ensuciarse el alma!
Cuanto más poder amasaba, cuanto más cruel era con quienes no le rendían pleitesía, más se desfiguraba en aquel espejo. Hasta que, harto de verse en tal fealdad, lo estrelló contra el suelo, con la furia de quien cree que romper el cristal borra la verdad. Mas el espejo, terco como la conciencia, no se quebró.
Lo encerró bajo siete llaves, jurando no volver a mirarlo, y se refugió en los espejos obedientes, los que le devolvían su mentira de mármol. Mandó pintar retratos que lo hacían más bello que un dios pagano y erigió una estatua de sí mismo, tres varas de piedra sin mácula, en el centro de la villa. Pero ¡ay, qué frágil es la vanidad!
El pueblo, que antes lo adoraba, empezó a mirarlo con desdén, como se mira a un bufón que ha olvidado su chiste. Los niños, crueles en su verdad, ya no lo llamaban hermoso, sino “el rostro roto”.
Una noche, con el alma en un puño, descendió a las catacumbas donde yacía el espejo del viejo. Lo tomó, temblando, y se miró. ¡Santo Dios, qué espanto! Era una criatura sin cabello, con la piel como cuero de tambor y los ojos como ascuas.
Su boca, armada de dientes como puñales, aún sonreía, con esa mueca que tienen los demonios cuando saben que han ganado.
Esa misma noche, Elian se desvaneció del alcázar, como si el viento se lo hubiera llevado. Dicen que aún vaga por los espejos de los lugares olvidados, esos que nadie mira por temor a lo que puedan mostrar.
Y si algún osado se atreve a fijar la vista en su reflejo y pregunta: “¿Soy lo que aparento?”, una voz, suave como el veneno, responde desde el otro lado:
—No, pero ya te vas pareciendo, truhan.

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Última Actualización: 28/06/2025

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