Dicen que la libertad es como la sal: nadie la aplaude cuando está, pero todos la echan de menos cuando falta. Y en esta historia, la sal aparece… pero con un sabor extraño, casi amargo.
Porque claro, somos una sociedad moderna, avanzada, tecnológica. Una sociedad que presume de derechos, de progreso, de humanidad. Una sociedad capaz de debatir durante horas sobre conceptos abstractos… pero que, a veces, tropieza con lo más básico, cuidar.
El caso de Noelia no es solo una historia personal. Es, como tantas otras veces, un espejo incómodo. Y ya se sabe que los espejos no gustan cuando no devuelven la imagen que queremos ver.
Nos encontramos con una contradicción que parece sacada de un manual de ironía involuntaria, a una persona con una discapacidad severa se le niegan ciertas decisiones porque se considera que no tiene plena capacidad… pero, al mismo tiempo, sí se le reconoce la capacidad para tomar la decisión más definitiva de todas. Curioso equilibrio, casi de funambulista jurídico.
Y entonces surge la gran pregunta que nadie quiere responder del todo:
¿hemos hecho todo lo posible antes de llegar ahí?
Porque vivimos en la era de los avances médicos, de los cuidados paliativos, de la inteligencia artificial, de la medicina personalizada… pero cuando el dolor aparece, físico o emocional, parece que, en ocasiones, la respuesta más rápida gana por goleada a la más trabajada.
Es más fácil legislar que acompañar.
Más sencillo aprobar protocolos que sostener vidas rotas.
Más cómodo debatir en plató que estar al lado de quien sufre.
Y en medio de todo esto, otra capa aún más incómoda, los fallos previos. Los que no salen en titulares con la misma intensidad. Los que hablan de protección que no protegió, de instituciones que no funcionaron, de responsabilidades que se diluyen como azúcar en café caliente, como fue que una violación grupal a una niña quedara impune.
Porque cuando una sociedad falla, no lo hace de golpe. Lo hace poco a poco. En pequeños descuidos, en silencios administrativos, en decisiones aplazadas. Hasta que un día, el resultado ya no se puede maquillar.
Entonces llegan los discursos.
Las posiciones.
Las trincheras ideológicas.
Y cada uno defiende lo suyo, como si esto fuera un partido que hay que ganar.
Pero no.
Aquí no gana nadie.
Quizá lo más honesto , y también lo más difícil, sea admitir que este no es un problema de leyes, ni de izquierdas ni de derechas. Es un problema de prioridades. De humanidad. De coherencia.
Porque si una persona llega a desear dejar de sufrir hasta ese punto, la pregunta no debería ser solo si puede hacerlo… sino por qué hemos permitido que llegue ahí.
Y esa respuesta, querido lector, no señala a uno solo.
Nos señala a todos.
Descansa en paz.
Salva Cerezo