Dice la expresión que alguien «hace el oso» cuando se expone voluntariamente al ridículo para provocar la risa de los demás. La tradición viene de aquellos osos amaestrados que recorrían las plazas medievales haciendo piruetas, bailando y ejecutando toda clase de gracias para entretenimiento del personal.
Con el tiempo, el oso dejó de ser imprescindible. El ser humano descubrió que podía hacer el ridículo él solito.
Y si existe un lugar donde esta habilidad ha alcanzado categoría olímpica es en la política.
Estamos en plena batalla electoral y el espectáculo no puede ser más completo.
Mientras Lionel Messi se despedía de la selección argentina después de más de dos décadas, con 208 partidos y 126 goles, dejando la sensación de que había llegado el momento de cerrar una etapa, aquí seguimos viendo jugadores que, después de perder una votación, parecen dispuestos a volver a sacar el balón por la puerta de atrás.
El Congreso tumbó los decretos de vivienda. Y ahora el Gobierno pretende volver a llevar medidas similares a la Diputación Permanente, mientras el PNV, que cuestiona la fórmula, se dispone a facilitar su convalidación. Una cosa es perder el partido y otra pedir que se repita el partido hasta que salga el resultado que nos gusta.
Y luego está la huelga general.
María Jesús Montero ha dicho que, en esta ocasión, la huelga no se dirige contra el Gobierno, como suele ser habitual, sino contra la oposición por haber rechazado los decretos de vivienda. Una afirmación que ella misma calificó de situación «inédita».
No sé si esto es hacer el oso, cambiar las reglas del circo o inventarse una nueva modalidad de espectáculo. Pero tiene su gracia: una huelga general contra quienes no gobiernan. El próximo paso será convocar una manifestación contra el árbitro por haber pitado demasiado pronto.
Y en medio de todo este vodevil hay una tragedia que no debería servir de decorado electoral.
Mari Carmen Abascal, la mujer de 87 años cuyo desahucio desencadenó la acampada de la Puerta del Sol y convirtió su caso en símbolo de la lucha por la vivienda, falleció ayer en el hospital.
Su muerte merece respeto. Mucho más respeto que cualquier utilización partidista de su desgracia.
Porque una cosa es defender el derecho a una vivienda digna y otra convertir el dolor de una persona en munición para una campaña electoral. Cuando la tragedia de una anciana se convierte en argumento de partido, quizá ya no estamos haciendo política, estamos haciendo el oso.
Fernando Savater dejó una reflexión que viene al pelo:
«El fanático es quien considera que su creencia no es simplemente un derecho suyo, sino una obligación para él y para todos los demás».
Y quizá ese sea el problema.
Que algunos políticos han confundido gobernar con tener siempre razón, negociar con imponer, perder con volver a intentarlo por otra puerta y hacer política con mantener permanentemente levantado el telón.
Mientras tanto, los ciudadanos seguimos sentados en la grada.
Y pagando la entrada.
Salva Cerezo