Dicen que el Estado de derecho funciona. Y a veces, milagrosamente, funciona incluso contra quienes se creen el Estado mismo. Ahí tenemos el reciente varapalo judicial a Donald Trump, que ha descubierto, con sorpresa bíblica, que los jueces no siempre leen el guion del protagonista antes de dictar sentencia.
Mientras tanto, en Moncloa, Pedro Sánchez celebrando como si le hubieran perdonado la hipoteca del chalet. No por solidaridad institucional, no. Sino porque en esta partida de póker internacional, cuando dos titanes se lanzan amenazas arancelarias, siempre hay quien se alegra de no estar en la diana. Hoy respira tranquilo. Mañana… ya veremos.
Porque el poder es curioso. Se presenta con traje institucional, sonrisa diplomática y discurso inclusivo, pero cuando se descuida huele a azufre. Y no precisamente al incienso del Vaticano.
El club de los intocables (hasta que dejan de serlo).
El caso de Jeffrey Epstein fue la prueba de que existe un club muy exclusivo donde la membresía no se paga con cuotas, sino con silencio. Un club donde algunos poderosos jugaban a ser dioses, convencidos de que el dinero era un sacramento y la impunidad, un derecho natural.
En esa lista apareció el nombre del Príncipe Andrew, miembro de la realeza británica, que descubrió que la sangre azul no es impermeable al descrédito. El problema no es solo quién cayó. El problema es cuántos no han caído.
Porque la pregunta incómoda sigue flotando en el aire:
¿cuántos monstruos con traje de etiqueta siguen brindando en salones privados mientras el resto discute en redes sociales?
El poder como droga dura.
Lord Acton lo dijo hace más de un siglo: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Pero parece que nadie leyó la letra pequeña.
El poder es una droga sofisticada. No produce resaca moral inmediata. Empieza con pequeñas concesiones:
— “Esto es por el bien común.”
— “Es solo una excepción.”
— “Yo controlo la situación.”
Y cuando quieres darte cuenta, la excepción se convierte en norma y la norma en sistema.
En España tampoco estamos para tirar cohetes. Escándalos, ceses estratégicos, sumarios eternos, investigaciones que avanzan al ritmo de procesión en agosto… Y una sensación permanente de que siempre falta un capítulo por conocer.
Las sombras que nunca se disipan.
El caso de las niñas de Alcàsser sigue siendo una herida abierta en la memoria colectiva. Más allá de las teorías, de los rumores y de las sospechas, lo que permanece es una desconfianza profunda, cuando el poder toca un asunto, la verdad parece caminar más despacio.
Y esa es la raíz del problema. No es solo la corrupción económica. Es la corrupción moral. Es el privilegio blindado. Es la sensación de que existen dos justicias, una con toga y otra con alfombra roja.
Autócratas, demócratas… y el mismo espejo.
La ironía es deliciosa, los líderes se acusan mutuamente de autoritarismo mientras perfeccionan sus propios mecanismos de control. Se llaman populistas, ultras, progresistas, salvadores… pero el espejo devuelve siempre la misma imagen, la tentación de creerse imprescindible.
Y cuando alguien se cree imprescindible, empieza a comportarse como si fuera intocable.
El poder no distingue ideologías. Corrompe por igual a quien lleva bandera roja, azul o arcoíris. No entiende de izquierdas ni de derechas. Solo entiende de ambición.
El espejismo eterno.
Y aquí está el verdadero drama, muy en la línea de mi último libro: El Espejismo del Poder, la humanidad sigue cayendo en el mismo triángulo imposible. Creemos que cambiando de líder cambiaremos el sistema. Pero el sistema tiene la habilidad camaleónica de absorber a quien entra.
Como en la caverna de Platón, seguimos mirando sombras proyectadas en la pared mientras los titiriteros discuten en la penumbra.
El poder no es el problema.
El problema es el ser humano cuando cree que nadie puede vigilarlo.
Porque cuando el poder pierde el miedo a la justicia, empieza a jugar a ser dios.
Y ya sabemos cómo acaban siempre los dioses que se creen eternos.
Salva Cerezo