Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que enero no se medía en gráficos macroeconómicos ni en tweets ministeriales, sino en el grosor del caldo. Un tiempo en el que la famosa cuesta de enero no era una metáfora financiera, sino una pendiente real, empinada y resbaladiza, que llevaba directamente a la olla… vacía.
De ahí nace el sabio refrán: “A la olla de enero, ponle un buen sustanciero”. Una frase que hoy sonaría a receta de influencer gastronómico, pero que entonces era pura supervivencia. Porque cuando no había carne, ni dinero, ni esperanza inmediata, el ingenio popular alquilaba un hueso de jamón. Sí, alquilar. Compartir grasa, sabor y dignidad en cuotas.
El sustanciero era el “economista doméstico” de la época que pasaba con su hueso como hoy pasan los bancos con los créditos. La diferencia es que aquel dejaba algo real en la olla y se llevaba solo el hueso de vuelta, mientras que ahora la olla se queda igual de aguada… pero con intereses.
La olla de enero simbolizaba la humildad forzada de agua caliente, legumbres cansadas y mucha imaginación. Un caldo largo, como los discursos oficiales, pero al menos honesto. Porque nadie prometía filetes donde solo había garbanzos. Nadie hablaba de crecimiento cuando el único crecimiento era el del hambre y la paciencia.
Y aquí llega el contraste inevitable.
Mientras el pueblo alquilaba huesos para dar sabor a la miseria, los políticos actuales alquilan el futuro para dar sabor a su relato. Ellos no usan sustanciero, sino que usan despilfarro. No cuecen a fuego lento, queman recursos. No reaprovechan, derrochan. Y, por supuesto, nunca meten la cuchara en su propia olla.
El refrán no solo hablaba de cocina, hablaba de ética. De saber que en tiempos difíciles no se tira nada, se comparte todo y se gobierna con prudencia. Algo que hoy suena casi revolucionario.
Quizá por eso la cuesta de enero sigue ahí. Porque hemos cambiado el hueso de jamón por la deuda, el ingenio por el eslogan y el caldo humilde por el despilfarro con mayúsculas. Y así, por mucho que nos prometan menús de estrella Michelin, seguimos sorbiendo… agua tibia.
Moraleja final, versión siglo XXI: A la olla de enero ponle sustancia, no propaganda.
Y si no hay jamón, al menos que no nos vendan el hueso como caviar.
Salva Cerezo