Dicen que una sociedad se mide por cómo trata a sus mayores. Si esa máxima fuera cierta, habría que reconocer que hemos alcanzado la excelencia… pero en la modalidad de convertirlos en la pieza más codiciada del mercado del engaño.
Raro es el día que algún conocido, no me cuente un nuevo caso. Nunca hubo tantos jubilados. Nunca hubo tan pocos nacimientos. España envejece a un ritmo de récord, mientras las cunas se vacían y las farmacias sustituyen a las guarderías como negocio de futuro. Los mayores ya no son una minoría; son una inmensa generación que levantó este país pagando impuestos, criando hijos y soportando crisis de todos los colores. Y ahora, cuando merecían tranquilidad, se han convertido en el principal objetivo de una industria que factura miles de millones: la estafa.
Antes el timador llevaba gabardina y vendía enciclopedias. Hoy viste traje, tiene página web, anuncia «inversiones garantizadas», utiliza inteligencia artificial para imitar voces, aparece en redes sociales y hasta compra espacios publicitarios en plataformas que presumen de proteger a sus usuarios.
El progreso también ha modernizado a los sinvergüenzas.
Ya no hace falta atracar un banco. Es más rentable vaciar la cuenta de un pensionista desde un teléfono móvil.
Resulta curioso que las redes sociales sean capaces de detectar en cuestión de segundos una opinión políticamente incorrecta, una palabra que no les guste o un comentario incómodo. Para eso los algoritmos son auténticos sabuesos. Sin embargo, esos mismos algoritmos padecen una extraña ceguera cuando aparece un anuncio prometiendo duplicar el dinero en quince días, invertir con un famoso que jamás dio su consentimiento o curar todas las enfermedades con una cápsula milagrosa.
¡Qué casualidad!
La libertad de expresión pasa por un escáner de alta precisión, pero la publicidad fraudulenta entra por la puerta principal con alfombra roja.
Y no acaba ahí la función.
Uno abre YouTube para escuchar a un periodista serio, a un economista prestigioso o a un analista de reconocido prestigio. Antes incluso de que empiece el vídeo aparece un anuncio donde un supuesto experto asegura que los bancos están aterrorizados porque un sencillo truco hará millonarios a todos los jubilados, o te intentan vender productos milagrosos que luego no reciben después de pagar.
El periodista no tiene culpa. Su prestigio sirve de escaparate involuntario para una publicidad que jamás aprobaría. Pero la plataforma sí cobra por emitirla.
El negocio es el negocio.
Mientras tanto, nuestros mayores reciben llamadas de falsos hijos, mensajes del inexistente director del banco, ofertas irrepetibles, inversiones milagrosas, sorteos imaginarios y hasta romances digitales diseñados para vaciar cuentas corrientes y corazones al mismo tiempo.
La tecnología avanza; la ética parece hacerlo marcha atrás.
Y luego llegan las estadísticas. Miles de denuncias. Millones de euros robados. Personas que sienten vergüenza por haber sido engañadas cuando, en realidad, los únicos que deberían avergonzarse son quienes viven de engañarlas y quienes les alquilan el altavoz.
Lo verdaderamente escandaloso no es que existan delincuentes. Los ha habido siempre.
Lo insoportable es que empresas valoradas en cientos de miles de millones sean capaces de censurar una opinión en segundos y, al mismo tiempo, necesiten semanas, meses o incluso años para descubrir anuncios fraudulentos que cualquier ciudadano identifica con solo leer dos líneas.
Debe de ser que la inteligencia artificial es muy inteligente para callar a quien piensa diferente, pero extraordinariamente ingenua cuando alguien paga por estafar.
Una maravilla tecnológica.
Quizá el problema no sea la inteligencia artificial.
Quizá sea la inteligencia… natural.
Porque una sociedad que protege más los algoritmos que a sus ancianos ha perdido el norte.
Nuestros mayores no necesitan compasión. Necesitan protección, educación digital, leyes eficaces y plataformas que respondan por la publicidad que difunden. Porque quien cobra por abrir la puerta a un estafador no puede fingir después que solo alquilaba el local.
Al final, el verdadero negocio del siglo XXI ya no consiste en vender productos.
Consiste en vender confianza… para después robarla.
Y mientras España envejece, los estafadores rejuvenecen sus métodos cada mañana.
Los unos acumulan arrugas.
Los otros acumulan beneficios.
Y entre ambos, demasiados gigantes tecnológicos siguen mirando hacia otro lado… no vaya a ser que la ética les haga perder ingresos publicitarios.
Pido por favor a mis lectores que desconfianza de todos esos anuncios milagrosos.
Salva cerezo