Una de las más brillantes y esclarecedoras definiciones del socialismo español fue la que expresó José Antonio Primo de Rivera a Francisco Franco en la carta que le escribió el 29 de septiembre de 1934: «Una victoria socialista tiene el valor de una invasión extranjera, no sólo porque las esencias del socialismo, de arriba abajo, contradicen el espíritu permanente de España, no sólo porque la idea de Patria, en régimen socialista, se menosprecia, sino porque de modo concreto el socialismo recibe sus instrucciones de una Internacional. Toda nación ganada por el socialismo desciende a la calidad de colonia o protectorado».

«Colonia o protectorado». Esa es la visión de España en manos de nuestros socialcomunistas, siempre dispuestos a vender su odiada patria al mejor postor, a quien mejor retribuya su codicia y su resentimiento antiespañol. Es lo que han hecho a lo largo de la historia, y lo que, como no podía ser menos, están haciendo ahora, por mucho que a algunos les parezca increíble el esperpento que han montado con el «negocio Puigdemont». Porque el socialcomunismo, que «recibe sus instrucciones de una Internacional», ahora las está recibiendo de dos, complementarias entre sí: la Globalista y la Chavista.

Visto lo cual, España no volverá a la senda del progreso hasta que no aniquile a esta maldición política, criada entre nosotros y paradójicamente hispanófoba, con toda su recua de cómplices de derechas; y, más allá, hasta que no se desprenda de su anacrónica y centrífuga estructura feudal, con sus consecuentes agravios forales.

Lo evidente es que el socialcomunismo español, aglutinador de los sucesivos «frentes populares», ha llegado a ser por méritos propios el padre de todos los errores y de todos los crímenes, pues, por unos u otros motivos, se las apaña bien para hacer la vida imposible tanto cuando gobierna como cuando no gobierna. Y babea de placer mientras sus Gobiernos, sus militantes, sus lóbis y sus consejeros, hacen de España una nación famélica, convertida en pim pam pum internacional, en lodazal de vicios contra natura, injusticias múltiples y latrocinios combinados,

Y al necesitar la absoluta impunidad para cometer, propiciar o consentir la destrucción de su denostada patria, es por lo que detestan a todos aquellos ciudadanos con memoria que les recuerdan su naturaleza codiciosa, corrupta y victimaria.

De ahí que envíen al ostracismo, a la cárcel o a la fosa a los historiadores y a aquellos jueces y críticos a quienes les parece útil y necesario apelar a la memoria para hurgar en el pasado y encontrar la verdad. Verdad y realidad que a los socialcomunistas les espantan más que los ajos y las cruces a Drácula, y que se empeñan en olvidar y ocultar porque les descubren su inmundicia.

El deseo de esta lacra nacional es que todos los convidados y las víctimas de sus hecatombes sean de piedra. Y les resultan tan aborrecibles los memoriosos, como les son queridos sus «verificadores», sus pesebristas, sus facciosos, sus necios -sean estos naturales o de doctrina-, y sus ciegos de condición.

Con todos ellos se van ya no a luchar a las barricadas en desuso, sino de farra a las mariscadas y demás festines y francachelas a costa del erario público; y allí, ya puestos en alcohol y vileza, tras el oportuno fárrago de palabras autocomplacientes y adiestradoras, se brinda con la fórmula de rigor: «salud, aplaudid, vivid y bebed, creyentes mistificados de maldad, parasitismo y necedad».

Y ahora, la España del funcionariado y del subsidio; la España de la improductividad, hecha a medida de los tiranos socialcomunistas; la España de los mendicantes de la política, de los intelectuales áulicos, de los cuñaos, de los amiguetes transformados en asesores de la cosa; la España de los malhechores, de los vagos y de los hipócritas; la España frentepopulista de la cara A y la de derechas de la cara B; la España de los delincuentes en todos sus grados y en todas sus facetas, tan asiduos como motas de polvo en rayo de sol…, esa España, como digo, es la que se han llevado los diantres a Suiza para despiezarla y, acto seguido, usufructuar lo que de ella quede, si es que algo queda.

Y con ello, bajo la vergonzante inspección y confirmación de unos «jueces y parte», «comprobadores» al servicio de las potencias que se juegan a los dados la capa de la víctima, y de sus plutócratas que tratan de repartirse los demás bienes residuales, se da una vuelta más de tuerca al ya oprobioso espectáculo de una España mendicante a las puertas de la Uropa venal, mercantil, calvinista y sexualmente depravada de Bruselas, es decir, de Soros y Cía., mientras que, separados y silenciosos, o divididos y mudos, los españoles, en su inmensa mayoría, hacen día y noche el papel de convidados de piedra para el que han sido designados.

Porque, pese a la voz popular de «España no se vende, España se defiende», lo cierto es que la nación se halla en almoneda y, desde hace ya varias décadas, se ha dejado en manos de cantoneras y demás putas de encrucijada. Y en las de sus hijos.

Jesús Aguilar Marina (ÑTV España)